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Satélite-in-Blog - Page 6

  • Ahora todos van a leer tu remera # 6. Una de Ministry, 25 años antes de llegar en Buenos Aires

    Un domingo de 1990, por gentileza de MTV, entró en el living de casa “Stigmata”, primer single de “The Land Of Rape and Honey”, tercer disco de Ministry, extravagante banda de Chicago que -Dios mío-, el domingo 8 de marzo de 2015 ¡¡debutará!! en Buenos Aires.

    Ministryclose.jpgFue suficiente para convertir a un impresionable adolescente a ese oscuro culto sónico llamado “rock industrial”. El video, en blanco y negro, era inquietante: fábricas espectrales, robots mutantes, campos de concentración post apocalípticos. La música, un tecno rock abrasivo, hasta entonces inédito, distinto a todo: máquinas programadas, guitarras heavy y un psicópata al micrófono; un toque menos thrash y otro toque más dance de lo que el grupo grabaría luego, ya “famoso”. ¿Qué más se podía pedir? Ahí estaban todas las respuestas que precisaba un aplicado alumno de la Punk Rock High School, extensas horas extracurriculares en ska, hardcore y rock alternativo, con un breve curso de verano en The Pogues, como buen quinceañero con dificultades para sobrellevar las lentitudes de la vida. Así que, en resumen, antes que el tema terminara ya me había comprado todo el paquete.

    ¿Cómo es que Ministry llegaba a engalanar la pantalla de MTV? Sucede que en 1990 la cadena todavía parecía interesada en la música. Es algo que a los más chicos les costaría creer, igual que cuando les cuentan que allá lejos se vivía sin computadoras ni celulares. Sí, MTV rotaba un montón de videos de rock, pop, rap. ¿Raro, no? Aún se decía entonces que “el video” había “matado a la estrella radial”, como repetían The Buggles, precisamente en el primer clip transmitido en la historia de la cadena. Nadie podía parar esa fuerza incontenible, en teoría. Pero, bueno, sabemos adónde nos condujo la práctica y en qué andan las cosas casi tres décadas después.

    Lo mejor de MTV, por esos años, se encendía los domingos a la medianoche, vía un programón con nombre de noticiero: “120 Minutes”. Dos horas, obvio, de clips increíbles presentados por Dave Kendall, un VJ británico con fuerte acento, pelado, de look gótico, pero a la vez risueño y entrador, del que nunca más supe nada. Todavía atesoro Ministry1.jpgcintas VHS con material grabado de esas gloriosas sesiones en las que desfilaban, codo a codo, The Specials, Killing Joke, Sonic Youth, The Damned, Hüsker Dü, Front 242, Dexy’s Midnight Runners, Dead Milkmen, The Cramps, The Pogues, PIL, Jesus & Mary Chain y Gwar. Era el único momento de la programación en el que costaba aprobar la furibunda arenga “MTV Get Off The Air!” de los Dead Kennedy’s.

    Al otro día de La Revelación Stigmata, pegué el vinilo en cuestión, del sello Sire. No me defraudó en lo más mínimo y poco después conseguí una remera para expresar públicamente, de una vez por todas, mi total devoción por Ministry. No era fácil de encontrar, la banda del cantante y productor Al Jourgensen (un cowboy satánico y heroinómano, nacido en La Habana, criado en Chicago, que intimidaría a Rob Zombie) aún se movía en un nivel híper underground. Pero para eso estaba Smash!, pequeño local sobre la calle M, barrio de Georgetown, Washington DC, apenas a una cuadra del restaurante argentino Las Pampas, con su logo en tubos de neón verdes y rojos en la vidriera. Por esos tiempos, lo mejor que podía pasar el sábado al mediodía era que mis padres se pusieran nostálgicos y decretaran un almuerzo familiar de expatriados en Las Pampas. Entonces, antes y después de que sirvieran las empanadas, el bife de lomo o las milanesas, aprovechaba y me escapaba un rato a Smash!

    Era algo así como el Rockshow de Washington, un despacho para aprovisionarse de discos, VHS, revistas alternativas, prendedores, muñequeras con tachas y, faltaba más, remeras de rock, dobladas sobre un cuadrado de cartón, imitando la tapa de los vinilos de doce pulgadas. Smiths (“The Queen Is Dead”) y los locales Minor Threat (el pelado sentado y las ovejitas) eran sus best sellers. La de Ministry venía en negro, con foto de quien podría ser Jourgensen quince años más joven, como con líneas de “ruido” de video, el nombre del grupo en pequeña tipografía amarilla, cero industrial. La verdad, no era gran cosa. Pero, hey, decía “Ministry”, como para que todos se enteraran.

    Fue la remera que usé para ir a verlos el mismo año en vivo en el 930 Club, reducto clave en la historia del rock de Washington DC, que actualmente sigue abierto y muy relevante, pero en otra locación. Aquella sede original quedaba al fondo de un angosto pasillo justamente en el 930 de la calle F, a escasas cuadras de la Casa Blanca, nada menos. A más de uno le resultará curioso, pero de noche esa zona era una de las más peligrosas del Distrito de Columbia.

    NINback.jpgMás de una vez leí, al ingresar, el cartelito legal o del departamento de bomberos con la capacidad máxima del club: 230 personas. El 930 ni siquiera estaba lleno la noche en que Ministry presentaba ensordecedoramente “The Mind Is A Terrible Thing To Taste”, estruendoso disco del que me hice aún más fanático. Fue un show hipnótico e inolvidable, del que poco recuerdo. Pero tengo claro que, entre su ecléctico staff de personajes bizarros (el rasta rubio Chris Connelly, el gordo heavy Mike Scaccia, el euro dandy Paul Raven), la escuadra de forajidos había sumado para esa gira a un flaquito con pinta de desesperado: Trent Reznor.

    Reznor, se ve, era uno de los amigotes de Jourgensen y tenía su propio grupo, también “industrial”, pero en realidad infinitamente más blando e inofensivo: Nine Inch Nails. Su primer disco salió también por esos meses, se tituló “Pretty Hate Machine” y, a diferencia de los blasfemos registros de Ministry, su tecno pop atribulado convenció de una a las chicas alternativas de la época. No obstante, cuando NIN debutó en Washington lo hizo en el mismo 930 Club, para no más de 229 personas y quien esto escribe. En el show, cómo no, vendían las camisetas oficiales, blancas y con el efectivo logo de NIN en negro, más la inscripción “Hate 1990” (¡qué miedo!) en el frente y “You Get What You Deserve” (Tenés lo que te merecés) en la espalda; como la que tengo acá al lado, large, irreversiblemente gastada, manchada y apolillada. Pretty Hate T-Shirt.

    Varios músicos de Ministry hoy están muertos, como era de esperar, aunque curiosamente Jourgensen sigue (más o menos, dicen) vivo, casi un alegato por la tolerancia del abuso intensivo de drogas peligrosísimas. Nunca superaron el status de banda de culto: eran demasiado salvajes y caóticos. El flaquito Reznor, en cambio, se desmarcó, hizo los deberes y se recibió de estrella global, muy MTV friendly, conmoviendo a los fans con sus crónicas emo en clave tecno pop apenas subidito de tono. Lo que queda de Jourgensen se lo debe querer comer frito. Quizás alguien le pueda preguntar al respecto en marzo, cuando tome por asalto el Teatro Vorterix, a un cuarto de siglo de aquella irrupción con “Stigmata” en MTV.

    En cuanto a Dave Kendall, lo cierto es que cuando tecleaba todo esto recordé su nombre sin googlearlo. Porque de hecho uso una notebook libre de Internet como para avanzar más ligero. Pero acabo de chequearlo y resulta que “120 Minutes” no subsistió mucho más allá de principios de los 90 y fue el último programa de alto perfil para el VJ, que por un rato se dedicó a la producción en distintos canales de cable y ahora vive en Bangkok, Tailandia, donde seguro sigue escuchando Ministry.

    Mientras tanto, en Washington, el restaurante argentino Las Pampas lleva tiempo cerrado. Smash!, por su parte, en 2006 se mudó a otro barrio, Adams Morgan, donde acaba de celebrar sus 30 años de imperecedera labor comunitaria.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 5. Infierno en la torre: la caída de Tower Records

    En las últimas horas de 2014, un vecino de la zona bonaerense de Florida, Vicente López, encontró a metros de su casa, entre los escombros de cierto volquete herrumbroso, una caja de cartón lo suficientemente abierta como para dejar ver su contenido: cientos de bolsas plásticas amarillas con un logo rojo. Cuarentón y melómano, el vecino supo inmediatamente que se trataba de una partida (jamás utilizada) de aquellas bolsitas tamaño CD características de las extintas disquerías Tower Records. Por unos segundos, su corazón se atolondró casi a 45 rpm ante la remota chance de que el contenedor ocultará otra mercadería sobrante de aquellos locales. Pero nada más apareció, sólo bolsas amarillas con letras rojas.

    tower2.JPGEsto ocurriía ocho años después de la despedida definitiva de la cadena norteamericana con presencia en medio mundo, incluida la Argentina, donde alcanzaron a abrir (y muy pronto cerrar) cinco tiendas. Porque en 2007 se acabó Tower. Al que diga que en realidad la firma todavía despacha discos por Internet, le repito: se acabó. A fines de diciembre, de aquel año, Towers por todo Estados Unidos iniciaron la cuenta regresiva hacia el inexorable stop y eject. Con lo que no se apagó una compañía ni una marca sino una era. Algo que ya se percibía desde antes, pero que hasta el fatídico 12/07 no habíamos experimentado tan brutalmente, en toda su dolorosa contundencia. O por ahí soy yo, no sé.

    Tower fue fundada en 1960 en Sacramento, California, por un tal Russ Solomon, que usó el nombre de la farmacia de su padre y se ve que le trajo suerte porque a los siete años iba por el segundo local, en San Francisco, y de ahí ya no paró, por décadas. Con el tiempo la expansión llegaría hasta Malasia, Irlanda, Filipinas, Israel, Colombia y una inexplicable nación al sur de Paraguay. Hasta que en 2004 la cadena se declaró en quiebra, sumergida en una crisis hija de factores varios, como las bajadas de discos vía web, que cualquiera que haya leído hasta acá conoce de memoria (y hasta habrá contribuido alegremente a acrecentar).

    *****

    Tower se posicionó efectivamente como la cadena que lograba resolver la (¿falsa?) tensión entre mercado masivo y especialización y, por qué no, amor por la música; vaya exótico concepto. Es decir que promocionaba y facturaba decenas de miles de discos híper taquilleros, pero al tiempo ofrecía completas selecciones de géneros "menores" como jazz, world music, punk o ska.

    Su slogan era "No music, no life". Venía impreso en las remeras negras que regalaron en Buenos Aires en 1997 para conmemorar la inauguración del Tower en Santa Fe y Riobamba, casi justo frente a uno de los mayores Musimundo porteños, por entonces su archirrival. Aún atesoro esa remera negra con un dibujo bastante raro: cinco cohetes espaciales, amarillos, con punta en forma de ojo, que parecen haber despegado de la luna con rumbo a, quién te dice, el Tower de Santa Fe y Riobamba. Qué significará eso junto a la frase “Sin música no hay vida”, nadie lo puede saber. En la manga derecha se lee “Tower Argentina”. La etiqueta de la prenda reza Lee-Chi, o sea el emprendimiento postmusical del ex bajista de Los Brujos. ¿Cuántas de estas piezas quedarán en circulación por ahí?

    tower.JPGAquel primer megastore fue una apuesta de los propios yankees con un socio local, el rico y famoso Eduardo Costantini. Pero, visionario, Costantini se retiró del asunto apenas un año después. El actual dueño del museo Malba e inventor de la ciudad-country Nordelta le vendió su 50 por ciento a los americanos por cinco millones de dólares. Pongamos que saltó del barco antes de golpear el iceberg mientras la tripulación, determinada a resistir a bordo, le entregaba todo lo que tenía en la billetera. Igual, lo hizo con buena onda y, mientras se despedía, se tomó unos minutos para hablar con el diario La Nación: “Este proyecto hay que mirarlo a 10 o 20 años”, dijo a escasos cinco veranos de la irreversible bancarrota, conciliador y secretamente aliviado.

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    Algunos recordarán la nutrida batea de reggae, por ejemplo, en la primera etapa del Tower de Barrio Norte, en la cumbre de la “pizza con champagne y discos importados”, de aquellos entretenidos noventa en los que un peso se cambiaba por un dólar. Frecuenté ese Tower y también el de Florida, escalera mecánica abajo; no tanto el de Recoleta ni el de Belgrano ni el de Pilar. Pero a mí el logo rojo me devuelve más bien a esa sensación de tarde post colegio secundario, caminando solo, dos cuadras y un extenso estacionamiento bajo el sol de la siesta (bueno, a veces sobre la nieve) desde casa por Greensboro Drive hasta Leesburg Pike, donde esperaba uno de los mejores Tower en Estados Unidos y el universo, el de Vienna, Virginia, suburbios de Washington DC. Ahí podía desperdiciar horas, la gran mayoría de las veces sin comprar nada. Los CD ya ganaban más terreno, pero yo me dedicaba a los vinilos, en particular a la sección “Import”: los iba pasando con los dedos, uno por uno, y contemplaba las maravillosas tapas de Specials, Crass, Dead Kennedy’s, Bauhaus y de algunas cosas que hasta hoy no escuché, pero cuya gráfica conocía de memoria.

    Inexplicablemente, al llegar a ciertos discos que ya poseía, frenaba. Levantaba con las dos manos, por ejemplo, "London Calling", y me quedaba contemplando, como si me pagaran para controlar que la noche anterior nadie hubiera ingresado clandestinamente al local y hubiese alterado el orden alfabético de la mercadería o tachado con marcador indeleble los títulos de las canciones en alguna contratapa.

    Cada día que volvía a casa con una bolsita amarilla, letras rojas, más o menos cargada, ése era el mejor día de mi vida. Ahí embolsé "Sandinista!". Y "Machine Gun Etiquette", de The Damned, seguro uno de mis vinilos más queridos. Y el enorme, enorme, enorme, compilado punk “Burning Ambitions” (doble, tapa paródica del “Sgt Pepper”), mucho Wax Trax, algo de ska, “Bossanova”, de Pixies, “Bad Moon Rising”, de Sonic Youth, mucho Dischord... A esos discos, la buena gente de Tower los metía en sobres de una especie de celofán grueso cerrados con un sticker redondo, amarillo traslúcido; eran lo máximo.

    Pero si no adquiría nada y era, por ejemplo, el primer jueves del mes, no importaba porque sin gastar una moneda podía agenciarme el City Paper (notable diario gratuito local con toda la información de shows, muestras de arte y más), la Pulse (excelente revista gratuita de Tower, con muy buena información) y los volantes de recitales de la zona. Lecturas que, por apenas unos dólares, se complementaban estupendamente con MRR, Flipside, Reggae Times, Propaganda, The Big Takeover y tantas otras revistas y fanzines.

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    Después tuve mucha suerte y conocí una veintena de Towers en diversas locaciones. Seré pobre, pero me recibí de Tower-experto global, aunque mi nivel de compras sea bajísimo en relación con la impresionante cantidad de horas invertidas entre sus bateas. La última Tower-compra fue casualmente en aquella disquería de Vienna, en su agonizante octubre de 2007. Un CD de The Beat, otro de Agent Orange, y dos DVDs para regalo, Social Distortion y George Harrison. Llevé todo a la línea de cajas, donde me atendió un adolescente punk con el pelo violeta. Violinista del Titanic, sonrió, me felicitó por la selección y me preguntó ahí nomás qué disco de Agent Orange le recomendaba. Como en muchas otras cadenas, me ofreció la tarjeta de descuento Tower. Le expliqué que no tendría demasiadas oportunidades de usarla, así que sólo me serviría si el descuento se aplicaba a esa misma compra. Me respondió que no, que corría a partir de la próxima, pero, en fin, no había por qué ser tan estrictos, ¿no? Y me otorgó un 10 por ciento de descuento, de onda. ¿En Estados Unidos? ¿En un megastore? Sip.

    Que quede claro, esto no es un lamento por Tower. En todo caso, va dedicado a las disquerías en general. A las buenas disquerías. Muchas de ellas, más bien pequeños negocios atendidos por obsesivos y antipáticos dueños, a su tiempo incluso jaqueados por el gigante de las bolsitas amarillas. Algunas, como la heroica Other Music (en la cuarta y Lafayette, Manhattan), sobrevivieron a monstruos de varios pisos que las desafiaban apenas del otro lado de la calle. Other Music hoy sigue vendiendo más o menos lo de siempre en el mismo sitio. Del Tower, en la cuadra sólo persiste una enigmática señal wi fi con ese nombre, acaso de algún vecino gracioso, quizás de un router olvidado en una habitación vacía.

    Tampoco es este un arranque nostálgico. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" siempre me remite inmediatamente al Holocausto y, más acá, al Proceso. Sólo me acordé de esas tardes de disquería, cuando el tiempo quedaba suspendido y uno terminaba saliendo a la calle mareado y el ruido de los autos lo aturdía y hacía cuentas para ver cómo se las arreglaría para pegar tantos, pero tantos discos. En mi caso, al final Tower murió mucho antes de que lo consiguiera.

  • Sumo no problem: Luca, el reggae, los rastas y la basura blanca

    Seguro se enteraron, en el Museo de la Lengua, dependiente de la Biblioteca Nacional, sobre la avenida Las Heras, se inauguró hace unas semanas una muy buena e inédita muestra sobre Luca Prodan, con abundante memorabilia aportada por Andrea, el hermano, y distintas lecturas multimedia a partir del arte del Sumo cantante.

    El Museo está cerrado durante enero, pero la muestra se podrá seguir visitando en febrero y marzo.

    Como parte de la exposición, llamada "El sonido y la furia", el Museo imprimió un kit muy interesante: un sobre, como los que acaso Luca le envió con correspondencia a su flia en Italia, con postales, un fanzine con algunos breves textos, un mini poster, unos lentes troquelados como los que usaba el hombre y hasta un pin alusivo. Miren qué bueno:

    luca.JPG

    Cuentan que la muestra es todo un éxito de convocatoria. Del mencionado kit, coleccionable mal, se agotaron las primeras 3000 copias y ya se reimprimieron 3000 más. Traten de conseguirse uno. Entre los textos publicados, con autores como Horacio González y Daniel Riera, se cuenta un ensayito medio chambón, producción de la casa (Satelite in Blog), particularmente enfocado en la relación de Prodan con el reggae, Jamaica y los rastas, cuándo no. Y dice así:

    A lo Sumo, Luca

    Irreverente, excéntrico, intenso, “auténtico”, rockero en el sentido más… rockero. Luca Prodan ha sido caracterizado suficientemente desde muchos costados de su compleja personalidad. Pero no tan seguido se lo rescata también como el atento melómano que era, responsable de importar información preciosa y determinante para el devenir del rock argentino a partir de los ochenta. Por algún motivo, la música a veces no está tan presente en sus evocaciones.

    Basta con revisar algunas entrevistas de mediados de aquella década para redescubrir un marco cultural-pop sensiblemente más amplio de lo que marcaba la época en la escena o las escenas locales por la entonces nueva democracia. Le ponían delante un grabador con un TDK D-60 y Luca se mandaba a hablar de punk, rock progresivo italiano, reggae, Van Der Graaf Generator, Leonard Cohen, Damned, Captain Beefheart, Johnny Moped, Roxy Music, Lou Reed o marchas escocesas.

    Toda esa discoteca, por supuesto, pesaba también al componer, tocar y grabar, aunque el público del momento (o el actual, en muchos casos) no lo detectara. Sumo no fue Sumo sólo porque Luca haya sido carismático o le pusiera alma y vida y salud a la faena. Entre otros hitos, Sumo brilló musicalmente también gracias a todo lo que Prodan había escuchado y, más aún, entendido durante su iniciación rockera transatlántica.

    El reggae es un buen comienzo para apreciar este punto. La música jamaiquina apenas había latido en Buenos Aires cuando el italiano, que la había conocido bien durante su estada en Londres, aterrizaba en Argentina. Combinado, como se dijo, con muchas otras influencias, el reggae y también algo de ska, su antecesor histórico, serían una parte esencial del primer Sumo. Aunque canciones como “Kaya”, “Reggae de paz y amor” y “Regtest” eran en verdad de la Hurlingham Reggae Band, proyecto paralelo de explícita filiación, con prácticamente los mismos integrantes de Sumo (Mollo, Arnedo, Súperman Troglio, Pettinato), más el guitarrista Tito Fargo.

    La Hurlingham tuvo vida propia sólo entre 1982 y 1984, sin legar ningún disco “oficial”, aunque sí algunos registros informales que todavía dan vueltas por ahí, virtualmente. En uno de ellos, tomado en directo aparentemente en 1983, se despachan con un fino popurrí del rey del calipso Harry Belafonte, revisando clásicos como “Matilda”, “Jamaica Farewell” y “Coconut Woman”.

    La comunidad jamaiquina en Inglaterra es numerosa. Luca vivió in situ el ascenso del reggae británico, contemporáneo al punk, a fines de los setenta. El italiano, que solía portar una remera con el tópico “Jamaica no problem”, les prestaba atención a los rastas. Se dejaba llevar por sus tambores y líneas de bajo, pero desconfiaba de la doctrina. “White Trash”, quizás el más profundo track del semioficial disco “Corpiños en la madrugada”, lo cuenta bien. Arranca como una triste canción folk y se transforma en un rápido ska para decirles a los negros que los blancos también sufren. Dice: “Escucho a mis hermanos negros contarme cómo los han oprimido de todas las maneras posibles. ¿No sabés, rasta, que a nosotros nos han tratado exactamente igual?” Luca se lo explicó a Pettinato, en su rol de periodista, para la revista Le Cirque: “(en “White Trash”), puse a los negros que siempre se quejan de la ciudad, de cómo los tratan y todo eso y quieren volver a Africa, a Etiopía, que en ese momento estaba en crisis, con gente muriendo en la calle por la falta de lluvias. Por un lado, había mil personas muriéndose en Etiopía y por el otro estaban los tipos reggae de Jamaica, ignorantes, queriendo volver a Etiopía. Entonces me rayé un poco con ellos”.

    Sumo (mención especial para la milagrosa base Troglio-Arnedo) no sólo fue pionero en tocar reggae en Argentina sino que se mantendría como su más consistente ejecutante durante por los menos veinte años; casi nada. Sólo dos décadas después de aquel estallido desde el océano, otros músicos argentinos, casi invariablemente inspirados en algún punto por Sumo, mostrarían haber captado la onda de rockers, one drops, lovers y demás yerbas a la Kingston. Pero hay que detenerse en otra peculiaridad: sucede que estos otros músicos de bandas de reggae se “especializaron” a fondo en la materia. Para Luca, en cambio, el componente jamaiquino era una frecuencia más entre el policromático ruido. Así y todo, le sobraba para correr con ventaja. Sólo un ejemplo del riquísimo aporte, en lo estrictamente musical, de un juglar postpunk que (el colmo del adelantado) llegó incluso un rato antes que el punk a la Argentina.

     

     

  • Ahora todos van a leer tu remera # 4: esta no es una de R.E.M.

    No soy fan de R.E.M. Aunque crecí con ellos como modelo cerrado de banda “college rock”, una etiqueta que ya no se usa más, anterior al “rock alternativo”. Cuarteto de guitarras, del “interior” norteamericano (Athens, Georgia), ondita universitaria, letras inteligentes, sensibles, arty sin excesos, ajenos a varios arquetipos rockeros de época (el macho glam hard rockero, en particular). Me gustan bastante sus primeros discos y también el popularísimo “Automatic For The People”. Qué discazo. Pero que no te agarre en un mal domingo: temas como “Nightswimming” podrían darte ese empujón final.

    Nunca tuve una remera con su logo, pero casi. En otoño de 1996 viajé a Nueva York para entrevistar a, glup, Bryan Adams. Diez minutos de charla, así pautados, que se extendieron (de gracia) a doce, para hablar sobre su reciente e innecesario disco unplugged y para notar sus problemas de cutis en una oficina de Universal, piso 20 en no sé qué torre del midtown Manhattan. Esas cosas que se hacían en los noventa, cuando todavía se divisaban las Torres Gemelas desde aquel despacho. Si se siguen haciendo ahora, no lo sé; por lo menos a mi ya no me invitan.

    k rock.JPGPor esos días, Warner editaba “New Adventures In Hi Fi”, décimo (y, a mis oídos, decepcionante) álbum de Michael Stipe y asociados. El estreno neoyorquino (o sea, mundial) fue con una escucha gratuita y al aire libre y nocturna, sin la presencia de los músicos, en un estacionamiento del Soho, con proyección del primer clip sobre los ladrillos a la vista de un edificio vecino. Todo auspiciado por la FM K-Rock, emisora en el 92.3 del dial, en la que el legendario conductor Howard Stern transitó la mayor parte de su influyente carrera.

    Tampoco Stern estuvo en ese parking. La situación era rara, como un recital sin escenario ni banda ni, lógico, música en vivo. Pero con público, si bien un poco desorientado ante la carencia de esos otros ingredientes habituales. La canción ideal hubiera sido “It’s The End Of The World As We Know It”, pero sólo sonaron las Nuevas Aventuras. Y para complacer a las más de 300 personas convocadas, los tipos de esta radio (que justo en ese momento se convertía providencialmente al “college rock”, a ver si así levantaba un poco el rating) lanzaban al aire remeras que muchos asumimos como merchandising de R.E.M. En una de esas, con ágil salto digno de un jardinero Yankee, atrapé al vuelo una camiseta. Coincidí en la proeza con un típico indie o collage rocker neoyorquino, flaco, rubio, con lentes y morral de mensajero. El kit completo, “That 90’s Show”. Cada uno tironeando “su” lado de la remera, nos miramos más dubitativos que desafiantes. Otra hubiera sido la historia entre, pongamos, un par de fans de Motorhead; pero acá no, estamos hablando de R.E.M. Nuestro hardcore común, en todo caso, sería algún track afiebrado de los Pixies. De manera que la leve tensión se sostuvo sólo hasta descubrir que no era una remera de los de Athens sino de la FM. Ahí, igual, yo no aflojé, pero el indie kid sí; le daba lo mismo.

    Todavía tengo esa remera “hecha en Estados Unidos, cosida en Jamaica”, blanca, con cuello y puños azules. Pobre, con alguna mancha rebelde, duró más que el college rock, una categoría ya en desuso, así como tampoco subsisten las megadisquerías donde bandas como R.E.M. y, tanto más, Nirvana, pegaron aquel salto de popularidad a principios de los 90, mientras Bryan Adams, insalvablemente pasado de moda, se probaba en vano el cliché del disco desenchufado.

    La remera blanca duró más, también, que la etapa indie de la 92.3, a la que la apuesta no le sirvió de mucho y pronto viró hacia el repertorio mainstream que mejor manejaba. Y sobrevivió incluso a R.E.M., que el día de la primavera austral de 2011, luego de tres décadas de valiosa carrera, anunció oficialmente su separación.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 3: The Cramps y la camiseta más cara del mundo

    Ahí la tienen, miren: la remera más cara del mundo. Hasta hace un rato, parecía sólo una más en el placard. Ni siquiera una más, sino una de las menos: en veinticuatro años de servicio apenas fue usada y lavada y planchada dos o tres veces y permaneció la mayor parte del tiempo relegada al estante de la ropa que por distintos motivos no se toca.

    No es una referencia de las líneas sport de Ermenegildo Zegna o Armani, ni una creación de algún gurú del diseño indie. Sólcramps2.jpgo una típica remera negra, común y corriente, que a simple vista no dice gran cosa: apenas “The Cramps”, en el frente, y “1990”, más un listado de ciudades norteamericanas, en la espalda.

    Raro que recuerde justo cuándo compré cada remera, pero con esta es fácil: lleva estampado el mencionado año y el detalle de la gira que los legendarios The Cramps (1976-2009) emprendieron entonces por los Estados Unidos. Al frente, claro, va el logo del grupo, en una especie de goma verde flúo, estruendoso como su música, arriba del dibujo de una chica mala en bikini apuntando con una ametralladora vintage. Genuino material Cramp.

    Fue adquirida en Washington DC, eso seguro. En plena era Bush padre y durante la guerra en Irak. Un par de meses después que el alcalde local, Marion Barry, negro como esta remera de los Cramps, fuera detenido por agentes del FBI mientras fumaba crack con una puta en un cuarto de hotel a pasos de su despacho y de la Casa Blanca. DC era un quilombo difícil de dimensionar, a la distancia, si se piensa en esta ciudad sólo como el corazón administrativo del Evil Empire.

    La remera no puede haber costado más de diez, doce dólares, el estándar para este tipo de artículos en su momento. Hoy, señoras, señores, cotiza en eBay a… ¡750 dólares! Eso, amigos, la convierte (sin rivales siquiera cercanos) en la mejor inversión que haya realizado en toda mi vida (una vida signada por los malos negocios), con un rendimiento total del 7400 por ciento, es decir un 308,3 por ciento anual. ¿La burbuja inmobiliaria? ¿El boom de las punto com? Un vuelto. La posta, en las últimas tres décadas, estuvo en las remeras de los Cramps. El que apuesta al psychobilly gana.

    cramps1.jpgPorque Los Cramps, una de las bandas más extrañas del planeta, fueron los padres del psychobilly, desviación extrema del viejo y querido rockabilly, el rock and roll clásico y rústico. Liderados por el vocalista Lux Interior y la guitarrista Poison Ivy, inverosímil matrimonio salido de un cómic, mezclaban rockabilly y garage sesentero con irreverencia punk, estética de cine clase B, imaginería de pulp fiction y otras maravillas. Sexo (bizarro), drogas (pesadas) y rock and roll (salvaje). Con el condimento extra, la connotación xxx, que a todo esto le sumaba una pareja enfundada en látex, tacos altos para él, cuernitos diabólicos para ella… Lux, con su cara filosa, la cruza exacta de Frankenstein e Iggy Pop. Poison, como la stripper que se inventó su numerito hot con una Les Paul.

    La de Ivy y Lux es una de las historias de amor más tiernas del rock, lo que resulta particularmente interesante porque, en verdad, los Cramps eran unos animales salvajes. Pero también eran súper cultos a su modo. Interior y Ivy, obsesionados con las sobras vergonzantes del Sueño Americano, eran conocidos por coleccionar enfermizamente vinilos raros y estudiar con dedicación las implicancias ocultas en todo tipo de artefactos culturales pop. No por nada la pareja merece el primer capítulo de “Incredibly Strange Music” (ReSearch, 1996), enorme libro acerca de las más extrañas colecciones de discos en el mundo.

    En 1990, entonces, los Cramps giraban para presentar el disco “Stay Sick” y llegaron a Washington DC. “Stay Sick” lo había comprado en cassette para poder escucharlo en el auto. No era de lo mejor, los Cramps sonaban a esa altura quizás demasiado concientes de sí mismos, demasiado esforzados por ser… Cramps. Quizás pasaban por una crisis matrimonial. O por ahí era un intento por pegarla cuando el rock alternativo empezaba a hacerse un espacio en las góndolas del mainstream, a pocos meses de la explosión Sub Pop-grunge-Nirvana. Si esa fue la intención, no anduvo. Porque para los Cramps el éxito era genéticamente ajeno. Eran freaks, no se hacían.

    cramps4.jpgEn DC, tocaron en el Lisner Auditorium, de la Universidad George Washington, junto a la estación de metro (línea naranja) Foggy Bottom, con sus interminables escaleras mecánicas, que parecen capaces de transportarte a la baulera del infierno. Pero hasta ahí llegué, no al infierno sino al Lisner, para ver finalmente en directo a estos tipos, po runa entrada de 20 dólares. Tantas veces había contemplado sus discos en el Tower de Leesburg Pike, sobre todo “Bad Music For Bad People”, que vaya a saber por qué nunca compré, con su dibujo de un Elvis-zombie sobre ese fondo amarillo.

    Abrieron la noche unos que creo se llamaban Date Bait, obvios fans del “horror rock” a la Cramps, aunque en un plan más punkrockero. Al cantante lo trasladaron hasta el escenario metido en un ataúd, tipo Screaming Jay Hawkins, el auténtico padrino de todos estos estos monsters of rock.

    Después, sí, fue el turno de los psychorockers. Pero, la verdad, el Lisner, una prolija sala tipo cine moderno, con butacas fijas platea en plano inclinado y alfombra beige sin una sola quemadura de cigarrillo, no era para ellos; no era lugar para los fuertes. Arrancaron con todo y los fans les siguieron el paso por unos cuantos temas, incluyendo el single del disco “Chicas en bikini con ametralladoras”. Pero de a poco la distancia entre escena y audiencia se hizo insalvable y la frialdad del Lisner se impuso. A veces, los músicos, el sonido, el público… todo puede estar bien. Pero la propuesta y el ambiente son incompatibles, como una horda de psychobillys y un auditorio universitario demasiado correcto.

    Lo frustrado que se habrá sentido Lux Interior, célebre por su peligroso despliegue escénico. Quizás justamente por eso, en su homenaje, aquella noche me compré la remera oficial del tour 1990 de los Cramps. Algo ajustada para talle L, negra y, en el frente, con dibujo en brillantes colores de la mismísima Poison Ivy, en atuendo burlesque y a los tiros. Detrás, el itinerario con 43 fechas, de costa a costa. Lux murió en 2009 y Poison, muy triste, ya no volvió a tocar, al menos hasta donde yo sé.