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  • Zinerismo! (antitaller de periodismo punk)

    De los creadores de Satélite in Blog, Libros de Una Isla, el librito para colorear tapas de discos punks y otras barbaridades (como que Chikito termine publicando notas en La Nación!), ahora llega...

    Zinerismo! un taller exprés de periodismo punk


    ¿Escribís escuchando The Clash? ¿Tus mayores influencias literarias son Evaristo y Henry Rollins y tu Enciclopedia Británica es "Bedtime for Democracy"? La Feria del Libro Punk de Buenos Aires (el próximo sábado 14/11, en la Cultura del Barrio) te invita al primer taller exprés para editores de fanzines, no- periodistas y lectores compulsivos de fotocopias, a cargo de Daniel Flores (Libros de Una Isla, satelitekingston.blogspirit.com, etc). El taller es gratuito, pero se necesita inscripción previa. Para anotarse y o pedir más información, escribir a lamaneracorrecta@gmail.com

    Ahí nos vemos...

     

  • Ahora todos van a leer tu remera # 11: Siniestro Total, ante todo, miña terra galega

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    Yo quería ser vasco. No porque añorara un linaje de tamberos prósperos en la Pampa Húmeda. De eso no sabía nada a los 14 años. Lo que entendía entonces por vasco y lo que deseaba para mi, pero más aún para mostrarle a los demás, era ser una amenaza al status quo, un incómodo recuerdo de que todo iba mal en este mundo y que, en cualquier momento, algo iba a reventar; un país o una bomba casera en un cajero automático. Politizado, vindicativo y peligroso. Ya verían.

    Pero no era vasco. Nada, ni un bisabuelo medio euskera o que al menos hubiera cargado bolsas en el puerto de Bilbao o pasado una semana de vacaciones en la Concha de San Sebastián. Ni una hoja aislada en la rama más distante de mi árbol genealógico que pudiera exagerarse, un poco, como certificado de carácter e intransigencia.

    Pero, además, incluso salteando este insalvable escollo genético, había otro problema: la verdad es que en el fondo no tenía ninguna intención concreta de comprometerme seriamente en nada que estuviera más allá de una habitación de dos por dos, unos cuantos discos, cassettes, posters y libros y una Gibson Les Paul Studio negra. Menos que menos en una organización armada clandestina. Básicamente, la revolución a mediados-fines de los ochenta, para (pequeña) gente como uno, era el título de un discazo de La Polla Records.

    No, no era vasco y nada podía hacer al respecto. Pero había algo peor: era gallego.

    Mi madre era gallega. “Gallega de Galicia”, como se debe aclarar desde que los argentinos decidimos que todos los españoles, de Sevilla, de Burgos o de Santander, son “gayegos”. Gallega de Rianxo, una villa pesquera y poco importante, en la provincia de Coruña, cerca de la ciudad universitaria y peregrina de Santiago de Compostela.

    Y gallego, en Argentina, era sinónimo de bruto y vulgar, blanco regalado de un humor absurdo y pueril, no precisamente para show de Les Luthiers. Una broma. Para colmo, de Galicia, exactamente de Ferrol, era el dictador Francisco Franco, el generalísimo, el personaje más vergonzante del siglo en la península. Arduo desafío para el orgullo, si no se tenía un par de cosas claras. Yo no tenía ni media.

    sinisetro1.jpgJusto ahí apareció en escena Siniestro Total (una vez más, el punk rock salvando vidas inocentes). En algún momento hacia fines de los 80, mis dos hermanas mayores, aún adolescentes, pasaron un verano en las apacibles playas del pueblo de mis abuelos y de mi madre. En las playas y en la única y modesta disco de la localidad, donde hicieron muchos amigos, incluido el DJ. Tengo entendido que fue él quién, en la última noche de esas iniciáticas vacaciones, les entregó como recuerdo un TDK con canciones de rock español que volaría sobre el Atlántico hasta casa.

     

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    Por unas semanas, mis hermanas escucharon esa cinta obsesivamente, seguro con melancolía por aquellos soleados días de aventura y, quién te dice, romance en las Rías Baixas. Por propiedad transitiva (bueno, mi cuarto estaba junto al suyo), también me la aprendí de memoria. Aunque con el tiempo olvidé la mayoría de esas canciones pop, sí recuerdo bien al menos estas apariciones estelares: “Cuatro Rosas”, de los madrileños Gabinete Caligari; “Mierda de ciudad”, de los ultravascos Kortatu; y “Bailaré sobre tu tumba”, “Sonorice su templo”, “La matanza de taxis” y “Miña Terra galega”, de Siniestro.  

    Quedé impresionado, mucho más que mis hermanas, una fanática de Bon Jovi y otra de Alejandro Lerner. Conocía a Kortatu y La Polla Records, pero los Siniestro eran diferentes: tocaban punk rock con acento gallego. Insólito. Y eran de Vigo, la ciudad gallega más industrial, moderna, próspera y a la vez menos pintoresca, menos tradicional, menos religiosa y… donde vivía mi tío Juanjo, vaya.

    Al fin, algo gallego con onda. Porque, además de gallegos, los Siniestro eran buenísimos. En algunos aspectos, mejores que otros punkis ibéricos, especialmente vascos y catalanes. Para empezar, tenían un nombre increíble, de un ingenio superior. No tocaban ni componían mal, para el minimalista y explosivo estilo. Y eran muy, pero muy graciosos, algo que no ocurría en general, por ejemplo, con el grave y comprometido Rock Radical Vasco (salvo destellos del, ojo, también gallego Evaristo Páramos Pérez, cantante de La Polla).

    El humor era un rasgo muy relevante en su caso, como gallegos, porque de algún modo respondía de la mejor forma a todo aquel lacerante humor galeicofóbico. Si la devolución más efectiva a una burla es un chiste aún más agudo, bien colocado, Siniestro eran los reyes de la comedia con campera de cuero. Una nota en un viejo número de la Rock de Lux, histórica revista de rock barcelonesa, lo pasaba en limpio: la diferencia entre la Polla Records y Siniestro Total era que los primeros jamás le darían la mano a un fascista mientras que los segundos se permitirían la excepción sólo para reírse de él.

    Hacían algo más. En vez de disimularlo, los Siniestro ponían su origen gallego en primer plano, aunque jamás se aventuraban por el discurso nacionalista de tantos vascos. Traducían, por ejemplo, el “Rockaway Beach”, de los Ramones, como “Rock en Samil”, en referencia a la playa más famosa de su ciudad, a la que, por otra parte, le dedicaron el cañero “Hey, hey Vigo”. Otro de sus temas llamaba a “Matar hippies en las Cies”, unas islas frente a la costa de Vigo donde algunos niños de los 60 practicaban el nudismo y otras mañas del flower power. Y contaban con números, como “O tren” y “Volanteiro cabrón”, directamente en idioma gallego. Pero el himno total de Siniestro y del punk de Galicia sería, por afano, una de las canciones incluidas en el TDK de mis hermanas: “Miña terra galega”.

     

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    Los Siniestro habían transformado “Sweet Home Alabama”, de los muy poco punk Lynyrd Skynyrd, en una oda de pub rock a Galicia. Para el disco “Menos mal que nos queda Portugal”, de 1984, la reescritura corría por cuenta de Julián Hernández (en verdad, nacido en Madrid 24 años antes), que curiosamente entonces era el baterista, pero luego devendría en guitarrista, cantante y único miembro original hasta hoy.

    Aunque en castellano, no en gallego, la nueva lírica sobre la vieja música hablaba de esa tierra “donde el cielo es siempre gris” (mientras que la dulce Alabama es “siempre azul”), “donde la lluvia es arte” y “donde se quejan los pinos”, desde el punto de vista de un inmigrante como mis abuelos y los abuelos de millones de argentinos (aunque en este caso, el destino fuera “una isla del Caribe”, para “trabajar de camarero”).

    Al inmigrante éste lo “invade la morriña”, ese sentimiento sin traducción, que sólo se padece en gallego, pariente de la saudade portuguesa, pero con agridulces ingredientes autóctonos. Y así comienza a recordar una serie de tópicos del galleguismo, como Breogán, su mitológico rey celta; la muñeira, una danza típica; los alalás, otro formato folklórico; y, atención, la Liga Armada Galega.

    La LAG fue un grupo terrorista por la independencia gallega. Es decir una especie de ETA, pero de la Esquina Verde de España. Sin embargo, a diferencia de los etarras y su largo y temido prontuario de acción directa, la LAG tuvo una cortísima existencia entre 1978 y 1980, con solo un par de atentados menores sin víctimas fatales ni mayor conmoción social. No precisamente un ícono de las luchas populares y las trincheras revolucionarias, pocos supieron alguna vez de ellos. Muchísimos más son los que solo oyeron su nombre, al pasar, en “Miña Terra Galega”, sin tener idea de qué se trataba. Da la sensación que a Hernández todo el asunto le causaba un poco de gracia, casi como otro chiste de gallegos.

    A los Siniestro Total se los conocía por una frase, que curiosamente no era el título de un tema o un disco sino simplemente un lema suelto, escrito en una remera: “Ante todo mucha calma”, decía, en gruesa imprenta negra sobre blanco. En vivo, la banda completa solía lucir esa remera, que no tardó en convertirse en su emblema, de implícito estoicismo. Eventualmente, fue también el título de su primer disco en vivo, registrado en Valencia y lanzado en 1991.

    Triste pero cierto, durante los noventa, el hiper influyente periodista argentino Bernardo Neustadt posó para la tapa del popularísimo semanario Gente con una remera de “Ante todo mucha calma”, como las que regalaba ese verano en el balneario uruguayo de Punta del Este. No era su intención promocionar a los punkis vigueses sino editorializar un mensaje positivo en tiempos convulsionados, a siniestro2.jpgfavor de Carlos Menem, el presidente ultraliberal al que apoyaba abiertamente y que, en dos períodos, bien se las apañaría para colocar al país en una situación calamitosa, cero calma. Si para muchos Menem arruinó el país, para mi su socio Neustadt casi arruina la remera de Ante Todo Mucha Calma.

    Antes, en 1989, ya me había conseguido una de esas camisetas en Madrid, en una de las tres sucursales de la tienda-rockería Marihuana, nada menos, nombre que algo decía acerca del “destape” español en los ochenta. Fue durante el mismo viaje en el que conocí aquel Rianxo de mi familia. Una villa pesquera sobre la ría de Arousa, con un puerto surtido de barquitos para prácticas de estudiantes de bellas artes, la bonita playa de Tanxil, la Capilla de la Virgen de Guadalupe y un complejísimo entramado de… tres calles: la de Arriba, la de Abajo y, por supuesto, la del Medio, en la que se enfrentan los dos bares de siempre, el Feliciano y el Bar Ela (de un señor Varela, cómo no).

    Quisiera contar un cuento más romántico, pero lo cierto es que el pueblo, a mis 16 años, no me pareció la gran cosa. Quizás porque no había allí ni una sola disquería. Sólo un detalle me reconciliaba con el pago: en “Dios Salve al Conselleiro” (versión de “Dios Salve al Lehendakari”, de los madrileños Derribos Arias), los Siniestro aullaban: “El no es un botafumeiro Es solo un rianxeiro. Oh, oh, oh, ¡conselleiro! Dios salve al conselleiro” A esa solitaria línea podría resumirse la Historia del Rock Alternativo de Rianxo. De nada.

     

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    Veinticinco años más tarde, volví. Caminamos Rianxo con mi tío Juanjo, que de pronto entró en una vieja casona que ahora funciona como museo. Le preguntó al único empleado: "¿Puedo subir a ver donde dormía de niño?" El chico abrió la boca pero no llegó a contestarle y Juanjo ya subía decidido, como por su casa, las escaleras de madera en esta construcción centenaria de piedra, tres plantas, en la Rua de Abaixo, la única con teléfono de todo Rianxo en sus años de gloria.

    Allí funciona hoy el Museo Manuel Antonio. Poeta y marino, Manuel Antonio Pérez (1900-1930) fue uno de los máximos exponentes de la vanguardia literaria gallega a principios de siglo pasado. Republicano, integró las Irmandades da Fala, grupo intelectual impulsor del nacionalismo gallego y vigoroso defensor de su idioma, junto con otro destacado dramaturgo, ensayista y periodista también de Rianxo, Rafael Dieste (1899-1981). Ambos, seguidores del padre del movimiento galleguista, otro rianxeiro notable, Alfonso Daniel Castelao (1886-1950), político, escritor y caricaturista más recordado en Buenos Aires ya que allí vivió exiliado hasta su muerte. Pueblo chico, legado grande.

    El museo cuenta con una colección de objetos personales de Manuel Antonio, según aclara un pequeño cartel, “donazón da familia Domínguez Pérez”, es decir mi familia, la misma que jamás me habló del homenajeado, tío de mi abuelo materno. Una revelación.

    En uno de los cuartos me encontré cara a cara con una gigantografía y una frase del llamado Poeta del Mar: “Mi nombre encenderá una nueva estrella en cada constelación”. En otros rincones había libros, ejemplares de la revista galleguista A Nosa Terra y varias pipas de Manuel Antonio. Como Siniestro, Manuel Antonio me resultaba de algún modo más familiar y cercano que algunos parientes a los que prácticamente no había visto jamás. No era un iconoclasta a la euskera, no era el tipo enfrentando a la cana con una gomera de la tapa de Kortatu, pero sí un rebelde, acaso más bien lírico, al que los Siniestro le hubieran resultado unos tíos cojonudos.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 10: The Clash, la única camiseta que importa

    "Sandinista!" es, si me preguntan (cosa que a nadie jamás se le ocurrió hacer), el disco más importante en la historia del rock. O sea el disco más importante. EL disco.

    Ahora, ¿merece semejante título por su carácter radicalmente innovador? La verdad, no. ¿Cambió el mundo con solo girar a 33 rpm? Mucho menos. ¿Marcó un antes y un después insoslayables? No diría eso. ¿Es un disco que nadie debería dejar de tener? Ey, bueno, no necesariamente.

    clash1.JPGA “Sandinista!” ni siquiera lo rankeo como el mejor disco de The Clash. ¿Entonces? Entonces todo pasa más bien por algunas cuestiones emotivas. Para empezar, por el tiempo, la atención y la energía que le dediqué allá por 1989, cuando compré el vinilo versión norteamericana alguna tarde gris después del colegio. Nueve años después de editado (diciembre, 1980), cinco o seis después de que la banda se separara irreversiblemente para nunca jamás estropear su leyenda con una de esas lastimosas giras reunión.

    Por aquellas, cinco años parecían muchísimo tiempo. Hoy, suenan a un vuelto y es lo que infinidad de grupos demoran en grabar material nuevo. A todos esos, los Clash se los desayunarían con huevos y salchichas. Miren, por ejemplo: en un mismo año, los Cuatro Jinetes del Apocalipso Now sacaron “London Calling” (en verdad, un toque antes, 14 de diciembre de 1979) y “Sandinista!”, doble y triple respectivamente. Leyeron bien, pero repitamos: un disco doble y un disco triple, cinco putos vinilos llenos de canciones brillantes, ideas, hallazgos, instrumentos, géneros, intentos, citas, inspiración. Y, por las dudas, editaron también el mismo año “Black Market Clash” (sólo en Estados Unidos), otro disquito con lados B y versiones dub. Total: 64 tracks en doce meses. La mayoría de las bandas se toma más de una década para lo mismo, si llegan y si es que alguna multinacional les pone la suficiente plata.

    Hasta la tapa de “Sandinista!” me gusta más que las otras muy afiladas tapas de The Clash (incluso el musicalmente flojo "Cut The Crap" lucía un buen diseño). Porque la foto en blanco y negro de “Sandinista!” es la mejor foto de formación de rock, desde la más cándida mirada del músico como Gran Héroe Juvenil Disfuncional Moderno, en una galería que iría de Elvis a Peter Tosh, pasando por Johnny Cash (haciendo fuck you), Johnny Thunders, Iggy Pop y, quién dice, Eminem. Ahí los cuatro Clash están perfectos, en su pose guerrilla-rocker-internacionalista, desde ese callejón medio neoyorquino, medio londinense, igual que la ecléctica música que resuena desde cada surco. Joe Strummer parece a punto de embocar una molotov. A Jones se lo ve como si acabara de birlarle el casco a un milico desprevenido. Paul Simonon es James Dean con Doc Marterns y Topper Headon, un gángster. El suelo es de adoquines húmedos y contra la pared de fondo, de ladrillos a la vista y cañerías industriales, se apoya algo que podría ser un radio con la antena extendida, listo para comunicar algún mensaje urgente; un detalle encriptado.

    Entiendo que la foto de “London Calling”, con Simonon reventando su bajo Fender Precision contra el escenario del Palladium, en Nueva York, es técnicamente superior y ha sido universalmente aclamada, pero... “Sandinista!” es mi favorita.

    Casi junto con el vinilo, compré entonces una remera blanca con los cuatro músicos en negro y una estrella, como las de la tapa de “Sandinista!”, en rojo. Solía usarla bajo una campera de cuero a la que le pegué otra estrella colorada sobre la manga izquierda, por si quedaban dudas. Una tarde, camino a Tower Records, para variar, me paró en la calle un tipo de sobretodo, de unos sesenta años. Resultó ser un inmigrante ruso que nada sabía de los Clash. “¿Qué hacés usando esa estrella roja? ¿Acaso entendés qué significa?”, dijo ofendidísimo, incrédulo y repentinamente agitado.

    3293 caracteres después, la música. La acción transcurre en el cuarto de un adolescente, suburbios de Washington DC, discoteca aún en formación con pequeñas y desordenadas dosis random de punk, hardcore, ska, reggae, "college rock", dark, industrial, rockabilly, surf y muchos etcéteras, pero nada de información sobre la causa nicaragüense. Música rápida para digerir las lentitudes de la vida.

    De pronto, se materializa este sobre oscuro. La expectativa, por los antecedentes, es descubrir otra obra fundamental del punk rock. Pero cuando la púa acaricia los primeros andariveles vinílicos del lado 1, lo que suena es otro asunto bien distinto: "The Magnificent Seven", un funk medio rapeado, con una vocación de pista casi antagónica a los preceptos sagrados de Londres '77. Después, viene "Hitsville UK", una extraña cruza de soul con folk inglés bien sintetizada en el título, donde ni siquiera se distinguen las voces de Strummer o Jones. Y luego sigue "Junco Partner", un reggae sin atenuantes (bien negro). Y "Ivan Meets GI Joe", otro súper funk. Y un rockabilly, "The Leader".

    Así vamos y todavía no terminó el primer lado… ¡de seis! Se irá apilando mucho dub, music hall, pop, calipso, Clash-rock, Clash-pop, gospel y hasta música infantil.

    clash1.jpgLa lista de géneros es impresionante. Aunque tirar un montón de estilos en una bolsa no sea necesariamente meritorio. Lo notable del caso "Sandinista!" es lo bien que suenan esos géneros, la profundidad (esta palabra es muy importante) del sonido de cada uno de esos tracks, con mención especial para la batería del Clash menos valorado: Headon. Hoy, 35 años después, la ensalada genérica es corriente. Pero a principios de los 80 era algo sencillamente inédito y hasta poco recomendable.

    En cada disco, pero sobre todo en “Sandinista!”, los Clash funcionaban como esos hermanos mayores y melómanos que les pasan música a los más chicos, que los educan. “Sandinista!” es una universidad, un gran centro cultural con distintas salas entre las que se puede entrar y salir para asistir a diferentes cátedras. Tiene algo de enciclopedia, pero nada de pastiche. Es más cosmopolita que ecléctico.

    La toma regresa a la habitación adolescente. "Sandinista!" es una bomba. Estos tres luminosos vinilos no cambiarían la historia del rock (de hecho entiendo que no les fue muy bien en ventas), pero definitivamente ampliarían ciertos límites en muchas discotecas. "Sandinista!" tiene ese poder; estalla y abre otros rumbos para todos lados. Dice, por ejemplo, contra los preceptos de la buena conciencia punk, que sí se podía escuchar funk. Un par de años antes, Jones y Strummer (Les Paul y Telecaster, respectivamente) estaban dando guitarrazos a diestra y siniestra, de manera gloriosa. Y ahora, con idéntica aptitud, tocaban música disco.

    Jamás sostuve en mis manos el librito interno (el fanzine Armaggedeon Times 3) con letras y créditos, que sí incluían otras ediciones. No la mía: sólo tenía para mirar la foto de tapa con los cuatro Clash-superhéroes. Del reverso, los títulos de los 36 temas. Nada más. El resto, librado a la imaginación. Había que apoyar la púa y escuchar, tirado en la cama, especular sobre cómo habrían hecho esto o aquello, quién cantaría en tal tema o quién metería teclados en tal otro. Una cata a ciegas.

    Se suele decir que “Sandinista!” sería mucho mejor si simplemente se hubieran elegido los diez o doce tracks más fuertes para redondear un único disco en lugar de tres. Quizás sea cierto. Pero esa actitud desmesurada de publicarlo "todo", esa edición tan exagerada o no-edición, convirtió a “Sandinista!” en una especie de "gran paquete", de acontecimiento, al que se le debía una atención especial. De haber sido uno solo, hubiera “funcionado” mejor en las disquerías, seguro. Pero parece evidente que los Clash, según su sello, CBS, “la única banda que importa”, tenían el impulso (fogoneado por algunas convicciones y cierta soberbia) de decir mucho más. “Sandinista!” no es genial porque “Police On My Back” o “Washington Bullets” o “Somebody Got Murdered” sean canciones perfectas. La misión trascendente, eso que parecen estar esperando los cuatro músicos en el callejón de la tapa, no era sacar un disco de Clash; la misión era "hacer" ¡Clash!

    ¿Sabrán que lo lograron, a pesar de las críticas y hasta burlas que recibió el disco? ¿Estarán satisfechos, al menos los tres que sobrevivieron a Strummer? ¿Hasta qué punto serán concientes de haber participado en ese momento irrepetible en el que un adolescente llega a su casa, solo, cierra la puerta de la habitación, rompe el envoltorio, saca de su sobre el disco de plástico negro, lo pone en la bandeja, empieza a escuchar y ya nunca más vuelve a ser el mismo?

  • Susan Cadogan en Buenos Aires

    Si fuera un documental, la cámara avanzaría por las calles de Villa Ortúzar en la noche de invierno. Casas bajas, poca iluminación, menos movimiento. Se abriría una puerta de chapa y aparecería la luz del patio y un sonido medio apagado, como los chicos escuchan las conversaciones adultas cuando se están por dormir. Se abriría una segunda puerta, la de vidrio, hacia la sala de ensayo, y ahí se descubriría a quince tipos (y pensar que hace unos años hubiera escrito “quince pibes”…) entre concentrados y eufóricos, tocando “Music is in love”.

    Hay quince argentinos, pero la que canta es jamaicana, le lleva al resto más de veinte años y se llama Susan Cadogan. Acaba de aterrizar en Buenos Aires, para dar un show al día siguiente, y a pesar de sus más de 60, está ensayando a estas horas con altísima predisposición y un combo de sonrisa y mirada cómplice para cada uno de sus anfitriones: The Crabs Corporation, a pleno, más vientos, más percusión, más coristas. Hay gente de Staya Staya, Satélite Kingston y hasta Skabú Simbel.

    susan2.jpgUno de los quince se llama Gustavo, le dicen Visón y toca el bajo. Es el más concentrado y probablemente el más eufórico. Pero sólo él sabe lo que le pasa por la cabeza en ese instante.

    Gustavo es la primera persona del “ska” que conocí en Buenos Aires, exactamente en invierno de 1992. Lo tengo a un metro y medio (en esa sala mínima para 16, nadie puede estar muy lejos), pero tampoco sé qué le pasa, pero sí que “Music is in love” es una canción que compuso junto a Cadogan. ¿Viajó alguna vez a Jamaica para econtrarse con ella? No. ¿Miami? Menos. Los asimétricos “coautores” se conectaron virtualmente y así avanzaron en esta y otras canciones hace tiempo. En los 90, Gustavo reclutaba fans del ska por la calle y ahora sigue con algo parecido, pero 2.0.

    Recién ahora puede contar qué pensaba o, mejor, cuál era la sensación en la sala de Ortúzar. “En el único ensayo que tuvimos con Susan el día anterior a Niceto, llegó el turno de “Music is in love”, uno de los temas que grabamos con ella y compusimos juntos mediante mails y grabaciones de demos, melodías e intercambios de conceptos. Cuando comenzó a cantarla, me dije a mi mismo: “¡Sí, está pasando!” Fue como darme un pellizco para tomar conciencia de que ese momento era real, de que estábamos materializando un sueño”.

    Al día siguiente, Niceto. Abrieron la noche los imparables Staya Staya. En el escenario se los vio y escuchó como creo que suele pasar: siempre todavía un poco mejor que el show anterior. Fuera del escenario, en el camarín, también se los vio como siempre: como una fiesta nómade a la que da gusto ser invitado o por lo menos espiar entre bambalinas.

    susanpela.jpgAbajo, había bastante gente, sin agotar la capacidad de Niceto, pero una muy buena cantidad de público para una figura no tan conocida acá como Susan Cadogan. Buena sorpresa se llevaron lo que no la habían visto nunca en acción, con su repertorio de reggae y soul, mucho soul, muy setentoso, sus juegos escénicos, su personaje sexy. Difícil elegir un tema, pero “Hurts So Good”, el hit más reconocible de Susan, estuvo ahí arriba, previsiblemente. En cambio “Its a Shame” fue la revelación, cantado a dúo con el increíble Waldo, tecladista de The Crabs. También estuvo como invitado Rey Gabriel, haciendo para Susan un “Ken Boothe” antológico. “Breakfast in Bed” fue otra que muchos nos quedamos tarareando por lo menos hasta dos días después.

    Susan estaba feliz. Los Crabs & amigos flotaban. Por la misión cumplida, pero también por saber que en dos días habría segunda vuelta: el domingo acompañarían nuevamente a Cadogan en un lugar más chico (y relajado), Club V, en Villa Crespo. En este caso, con Satélite Kingston como telonero de un escenario sin telón.

    Otra noche memorable, con un repertorio casi idéntico a Niceto, pero con Susan aún más suelta y divertida, jugando aún más con los temas y el set, al punto de bajar a bailar entre el público y hasta besar a algunos fans en el camino. La perla, en este caso, fue “Queen of the World”, de Claudette & The Corporation, que le quedó impecable a la banda y no sólo por el nombre. Lo más curioso es que la canción no figuraba entre la lista que venían cruzando banda y cantante, por correo, sino que se propusieron tocarla apenas la noche anterior, pizza y vino tinto de por medio.

     

    Desde hace tiempo que, cada tanto, ocurre uno de estos milagros. Las primeras visitas de Rico, las más recientes de Roy Ellis y Derrick Harriot y esta de Susan Cadogan; los invitados internacionales de Dancing Mood. Nombres para melómanos, traídos por melómanos, en conciertos que no son más que celebraciones de melómanos. Ha ocurrido tantas veces ya que los melómanos tienen derecho a pensar ¿quién será el próximo? Cada uno tendrá sus propios nombres, su lista de deseos. Gustavo debe tener la suya, aunque ya haya tildado varios nombres, sellos discográficos y formatos. Pero lo mejor es que, al final, tampoco importa tanto porque la fiesta compartida, en sí, termina siendo lo más importante.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 9: Victor Rice y la arquitectura del dub

    En 1998, con Satélite Kingston tocamos por primera vez en San Pablo. Abrimos un show de los norteamericanos The Toasters en una sede de los centros culturales SESC. Como su bajista no podía ir, Bucket, eterno líder de esa banda de ska yankee, llevó un reemplazo: el neoyorquino Victor Rice, un flaco rapado, siempre de negro y con borcegos, pero de modales suaves y conversación medida y relevante, muy concentrado en la música, hasta entonces conocido por su paso por The New York Ska Jazz Ensemble, The Stubborn All Stars y The Scofflaws. Una especie de skinhead budista y gurú en formación.

    A aquel concierto, un adolescente brasileño llamado Tadeu Banzato llegó tardísimo, cuando todo había terminado. Era fanático del ska y tenía una boina mitad blanca, mitad negra, two tone. Ni siquiera nos vio tocar, pero igual se acercó a saludarnos. Llovía. Nos hicimos amigos.

    Todos los satélites quedamos locos con la ciudad, su centro, la descomunal Galeria de Rock, los bares de Vila Madalena, el público y la cerveza Bohemia. Victor Rice también. Incluso más, así que al poco tiempo abandonó todo en el Norte y volvió para radicarse en San Pablo. Decía que le recordaba a la Nueva York de los años setenta y ochenta, o sea la Nueva York que es políticamente correcto no extrañar.

    rice2.jpgSe buscó un buen lugar donde vivir: un departamento mínimo en el Copan, el mayor edificio residencial de América latina, icono total del decadente, áspero centro paulista, inspirado precisamente en el modernismo más gris de Manhattan. Uno de los proyectos menos valorados y probablemente más discutibles de Oscar Niemeyer, el indiscutido arquitecto carioca, cerebro y tablero detrás de Brasilia; fallecido en 2012 a los ¡104 años!

     

    2.

    El Copan, que tanto atrajo a Rice, es una bestia de hormigón armado: 1160 departamentos en seis bloques, 35 pisos y 115 metros de altura en el medio de una ciudad querible, pero brava, a la que no ayuda ni un poco. Se inauguró en 1966 tras quince años de obra. En el camino, Niemeyer se desentendió del asunto, disconforme con la ejecución.

    Con sus lanzadas ambiciones futuristas y su eslogan publicitario de “el Rockefeller Center de San Pablo”, el edificio no envejeció tan bien: es mucho de lo que hoy se consideraría urbanísticamente ofensivo. De afuera, su forma en ondas, como las insignes veredas tropicales de Río, es lo único que modera las drásticas consecuencias de semejante bodoque para el paisaje. La escritora Regina Rheda lo llamó “el arca sin Noé”.

    Durante décadas, el Copan quedó solo mientras el orden y el progreso se corrían a otros barrios, y al centro paulista lo controlaban las pandillas, las prostitutas, los crackeros y, ejem (dios salve a), la Galeria de Rock, algo así como la Bond Street paulista, del tamaño de cuatro Bond Streets apiladas una sobre otra, como containers llenos de discos y clientes de negro y con borcegos.

    Hoy, hipsters (con perdón), cultores de lo bizarro, tipos que normalmente juntarían firmas para demolerlo, parecen amar al Copan. Rice podría ser uno de ellos. O mejor, pongamos, sería uno de los síntomas por los que desde algún lugar, en algún momento, algunos personajes empezaron a rendirle culto al mastodonte con ascensores.

    Será porque entrar ahí es una experiencia. La planta baja, con un extrañísimo plano inclinado, funciona como hall de ingreso, pero también como una galería comercial donde, además de varios locales desteñidos, hay un cine de 3500 butacas reencarnado en iglesia de Renacer En Cristo. Ahí también está el Café Floresta, el café de parado favorito del cafeinómano Rice. Y ahora hay, además, una galería de arte súper cool, en un entrepiso técnico o algo así.

     

    3.

    A diferencia del norteamericano promedio, Rice no tuvo problemas para aprender un segundo idioma. Hace rato que habla portugués con acento convincente y hasta regodeos localistas. Durante mucho tiempo, vivió y trabajó en sus 25 metros cuadrados del piso 22. Cuando quería saber la hora, miraba por la ventana el enorme reloj de un cartel luminoso sobre la terraza de otra torre vecina. Se podría decir que fue ahí, con esa vista, donde encaminó una carrera en solitario y refinó sus buenas artes como alquimista de las perillas y los ecos, al punto de convertirse en uno de los mejores artistas dub (es decir, deconstructores del reggae) fuera de Jamaica.

    En 2005, Rice actuó en el Festival Sons De Uma Noite de Verão, en otro SESC, el del barrio paulista de Pompeia. Fue organizado por Bruno Lancellotti, asistente de producción en ese fundacional show de 1998, con The Toasters y Satélite Kingston. Lancellotti le encargó las remeras promocionales que allí se venderían a aquel adolescente de gorrita Two Tone, que había llegado tardísimo a ver a los Toasters y a Satélite en el 98: Tadeu Banzato, ahora diseñador gráfico y publicista.

    Tadeu, se ve, era impuntual, pero tenía buen ojo: identificó esa fuerza inspiradora del Copan sobre la obra de Rice y, entonces, resolvió una remera gris como el centro paulista, en la que simplemente se leen el nombre y el apellido del músico bajo una imagen sintetizada del edificio de Niemeyer, una especie de “vista dub”, que termina por remitir al radiador de un auto.

    “Lo más difícil era capturar las curvas del Copan porque cuando simplificás un dibujo para serigrafiar, todo tiende a verse más plano, así que tuve que trabajar bastante esos bordes”, recuerda desde la ciudad de Curitiba, donde labura para una multinacional alimenticia. Tadeu, a la larga, se volvió un buen amigo de Rice, se hizo DJ de ska, eventualmente armó una familia, después vendió sus vinilos y aún hoy viaja por trabajo a Buenos Aires y come asados con algunos Satélite Kingston, la banda que no vio esa noche lluviosa de 1998.

     

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    No es el ángulo recto lo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer”, anotó Niemeyer en sus memorias. A través de sus sinuosas mezclas dub, ejecutadas casi en vivo, siempre desafiando lo lineal, desde lo inesperado, Victor Rice dice algo parecido a lo que pensaba el arquitecto que diseñó su departamentito en el Copan.