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  • Ahora todos van a leer tu remera # 8: Mi vida con Tonino Carotone

    27 de mayo de 2009:

    Otra vez fui reclutado para la banda con la que Tonino Carotone tocará en Argentina. ¿Cómo que quién? Tonino Carotone. Un vasco con nombre artístico italiano, italianamente cómico, que vivió en Grecia y flirtea con la música española, italiana, griega, balcánica, argentina, norteamericana (claro), jamaiquina y probablemente también extraterrestre si es que hay vida en otros planetas y esa vida es disipada, alegre, nocturna y con un aceptable grado de alcohol o similar en sangre. El del hit "Me cago en el amor". Un tipo flaco, bajo, voz aguardentosa, bigotes finitos, chupines, bastón, sombrero, bufanda con calaveritas, pésima memoria, elegancia lumpen, mirada vidriosa. Y labia, mucha labia. Labia para noches largas, para interlocutores casuales, para tugurios, garitos, piringundines y sótanos húmedos. Y cientos de canciones, propias y ajenas, en su repertorio.

    La primera vez que vino a Buenos Aires acompañaba a Manu Chao, en aquel show del ex Mano Negra en Obras, a pleno. Manu Chao le edita los discos a Tonino. Ya tiene como tres. El último salió hace muy poco, se llama "Ciao Mortali" y es el que presentará este jueves en La Trastienda. Es el mejor, con su mezcla de Adriano Celentano y Daniel Melingo.

    20150129_122216_resized.jpgLa segunda vez que visitó esta ciudad fue en 2007. Hizo un par de shows, ya sin Manu Chao, con una banda de músicos de Satélite Kingston, Me Darás Mil Hijos, Pequeña Orquesta Reincidentes y Los Cocineros. El show de Niceto estuvo especialmente bueno. Yo toqué el piano y ahora volveré a hacerlo. Hubo que aprenderse o reaprenderse, según el caso, como veinte canciones. Algunas muy bonitas.

    Tonino llegó a Buenos Aires ayer, lunes, desde Santiago de Chile, donde acababa de cantar. Vino con manager, mujer-corista, guitarrista y un amigo o algo así. Nos reencontramos todos en la legendaria sala de ensayo de Perico, en el Abasto, sobre la que algún día habría que escribir algo aparte. Los españoles aparecieron bastante más tarde de lo previsto y se los notaba, digamos... de muy buen humor. Nos trajeron de regalo unas remeras muy majas, merchandising oficial de la gira tonina.

    Creo que Tonino no me reconoció a pesar de los shows anteriores. Igual me saludó entusiasmado. Estaba con su sombrero y su bastón, con ese característico look de monarca de los dandis pobre, de Señor de los Callejones. Tonino podría ser también el crooner en un bar para cyberpunks borrachos con aceite de motor, en un oasis a la “Mad Max III”.

    El maldito corrector automático insiste en cambiarme "tonino" por "tonito". Pero era Tonino el que anoche insistía con que se notaba que la habíamos "currado" y que sonábamos "finos" y nos daba la mano y sacudía su bastón y daba unos pasitos de baile en el medio de la sala, pura felicidad. Así que nosotros, contentos también. Y aliviados, porque aún recordábamos el primer ensayo de nuestra anterior aventura carotona: Tonino parecía querer incendiar Buenos Aires antes de partir raudo hacia Ezeiza, mientras golpeaba la frente contra una pared de la sala y pedía a su representante algo para el estómago. Todo porque no nos acordábamos bien un par de compases. De madrugada, se fue zigzagueando por Corrientes, dirección Chacarita. Quién sabe cómo terminó eso, aunque no es difícil adivinarlo.

     

    28 de mayo de 2009

    Tonino me mira con su rara habilidad para clavar los ojos sin ver nada en particular. Como casi siempre, me dice algo, pero no escucha lo que le contesto. Su segundo día en Buenos Aires le cuesta. Es bastante tarde, tiene que ensayar, pero no recuerda las letras. Intenta leerlas del librito del disco, pero la tipografía es muy chica. "Ostia, nunca tuve problemas de vista...", se lamenta, demasiado agotado hasta para quejarse. Pero, muy de su personaje, cuando finalmente se mete en la canción, la verdad es que no importa más nada, ni siquiera si conecta bien las palabras. La gracia del tema pasa por otro lado, un costado menos vulnerable y más genial.

    Cansadísimo, ya espera que le alivien un poco la agenda del día siguiente, aunque, como un campeón golpeado, asegura que lo que haya que hacer lo hará. "Que para eso he venido...", se resigna. Le han pautado bastantes entrevistas, por ejemplo, y la que más lo motiva será mañana con un director de cine XXX. "Nos toca porno; estoy entusiasmado", explica mirando el suelo y empuñando el bastón. Respira agitado y le brillan los ojos. Qué habrá entendido Tonino, de qué se tratará realmente esa nota... Pienso en eso mientras escucho de fondo que Carotone nos quiere anotar en un papel el nombre de un dibujito animado, para buscar en You Tube, en el que el protagonista constantemente muestra su trasero. "Es como yo de pequeño, ¡joder!", retoma velocidad.

    A todo esto, estamos rodeados de camarógrafos. La troupe de Tonino parece inquieta. Su mano derecha, Simone, un guitarrista italiano de larga y enrulada melena, tiene una relación curiosa con el cantante, un poco como Benicio del Toro, el "abogado" de Johnny Depp en la película "Pánico y locura en Las Vegas". Una especie de asesor nebuloso, un cómplice absurdo. Además, toca como un hijo de puta.

    Las canciones salen más que aceptables y eso mantiene los ánimos dentro del hemisferio del optimismo. La Trastienda, ahí vamos...

     

    29 de mayo de 2009:

    Alguien dice "¡los de la banda, estén listos porque por ahí tocan uno más!". Lo escucho desde un baño del subsuelo de La Trastienda mientras Tonino Carotone canta un bonus track de su apoteótico show porteño solo con el guitarrista Simone. Salgo y me alisto por si toca volver al escenario. Por mi, haría los veinte temas de nuevo. Sería una gran oportunidad de enmendar los pifies que sé que cometí. Aunque sobre todo sería una chance de alargar el instante de felicidad.

    20150129_122235_resized.jpgPero no volvemos. Tonino y Simone acaban la faena. Si los dejan, siguen toda la noche y los demás los acompañamos hasta el mismo infierno, si es que en el infierno hay bebidas frías y todo lo demás.

    En lugar de eso, nos retiramos a dormir. Con el retrogusto de un show recontraintenso. Tonino, qué personaje. Hasta para equivocarse es elegante. Si los ensayos andaban más o menos bien, en vivo la cosa explotó exponencialmente. Este hombre no improvisa, al menos no sin saber exactamente lo que hace. Simone, su guitarrista, su capitán, en medio de un tema se da vuelta hacia el resto de la banda y se hace la seña de la cruz con la mano de la púa, como diciendo "Dios sabe qué pasará ahora..." Una sola de esas miradas vale por un año de profesor de piano.

    De nuevo en el camarín, Tonino cuenta una larga historia del autor de "Cuando calienta el sol", un tano. Parece que se estaba quedando pelado. Entonces usaba un sombrero. Un día, un espectador le arrebató el sombrero, exponiendo su alopecia. “Y el tío abandonó la música. Hoy tiene una empresa de remises en Nueva York”. Así lo contaba Tonino, si no con certeza, al menos con gracia. Mondo dificile, vita intensa...

    Guardo la foto de Tonino retorciéndose en el escenario. Me da un poco de pudor por el resto del gremio musiquero. Este Tonino pone las cosas en su lugar.

     

    31 de mayo 31 de 2009

    Se ve que paramos. Medio dormido, miro por la ventanilla, pero no identifico el lugar. Podría ser Rosario, pero no dan los tiempos; salimos hace tres horas, demasiado pronto para un micro que se detiene en todas. Debe ser San Nicolás, aunque no puedo confirmarlo. No es un rápido. La empresa se llama... ¡Mercobus! Nombre adecuadísimo para un viaje relacionado con Tonino Carotone y algunos de mis compañeros. Igual, Tonino viaja en avión. Otros, en cambio, vamos en este bondi hacia Córdoba para el último show del mini Tonino Tour.

    Pero no sé exactamente dónde estamos cuando veo al chofer golpear la puerta del baño gritando "¡No se puede fumar ahí!". Con fundamentos, sospecho que adentro del toilette hay algún conocido y espero con cierta morbosidad verle la cara al salir. Sin embargo, un par de minutos después asoma con sonrisita culpable y enormes lentes negros una dama de unos sesenta años.

    Hace tres horas salimos, decía. La terminal de micros de Retiro es un lugar perfecto para los desencuentros. Casi parece diseñada a tal fin. Siempre tengo la sensación de que todo puede complicarse en ese hall, sobre todo cuando es de madrugada. Efectivamente, los pasajes que debían esperarnos en la boletería fallaron y sólo nos quedó comprarlos apostando a una tardía reparación del gasto. Además, en verdad el micro partía 15 minutos antes de lo que nos habían dicho, así que llegamos pasada la hora y tuvimos que agarrarlo saliendo de la estación, frente al Coto de Retiro. Acá estamos.

    Me armé bien el equipaje: cepillo de dientes, remera de recambio, cinco ejemplares del libro "La manera correcta de gritar", cinco CD de Satélite, cables, la revista La Mano tapa Bob Marley, el Sí de Clarín y "Desayuno de campeones", de Kurt Vonnegut. Buen viaje.

    Horas después, llego al hostel de la calle Santa Rosa al 400, casi centro de Córdoba capital. Quiero bañarme y me mandan a un ducherío comunitario que me recuerda que ya no doy "target hostel". Me "alquilan" una toalla. Es del tamaño de una servilleta (doblada) pero tiene un agujero de las dimensiones de un mantel. ¿Este es el mejor trabajo del mundo o me parece a mí?

     

    1 de junio de 2009

    Bueno, acá vi algo que nunca había visto antes. Me refiero al show de Tonino en Córdoba. O mejor dicho al postshow de Tonino en Córdoba, en un sitio llamado Captain Blue, zona de El Abasto cordobés, como frente a la Cañada, llena de boliches, más que nada cuarteteros en grandes galpones reciclados. Bah, más que reciclados, "adaptados".

    En el más rockero de esos reductos, ante una 1500 personas, Tonino terminó sobre un cajón de cerveza, haciendo equilibrio en un pie con los ojos cerrados y la garganta en llamas. TODOS estábamos en llamas en ese punto. Creo que disfrutamos mucho persiguiendo (más que siguiendo) al tipo por sus canciones, que adaptó a su antojo sobre la marcha. Mejor así.

    Pero lo llamativo fue que en cuanto entró en el camarín, le pidió a su guitarrista, el leal Simone, de Milán, que volviera a sacar el instrumento. ¡Y se puso a cantar otra vez! Tangos, rancheras, rumbas, de todo y a los gritos y con una toalla en la cabeza. Incluso se perdió por esto una invitación para ir a ver a La Mona. Al rato, Simone se fue, vencido, al hotel. ¿Y Tonino? Siguió cantando a capella. A las 7 de la mañana, agarré mi teclado y me tomé el micro de vuelta a Retiro. El gallego debe seguir cantando en algún antro de Córdoba.

     

  • Fan fest: Specials en Chile!

    (El 15 de marzo pasado, The Specials tocaron por primera vez en Santiago de Chile sin pasar por Buenos Aires. Por eso, no pocos fans porteños, de la primera hora, viajaron hasta Santiago para verlos. Leandro fue uno de ellos y acá cuenta cómo le fue)

    Por Leandro Galindo, especial para Satélite-In-Blog

    Para todos los que alguna vez lean esto, no voy a explicar lo que una banda que solo tiene dos discos de estudio y un EP de hace 30 años significa, sino lo que este viaje, "el viaje", significó.

    the-specials-foto-lollapalooza-chile-carlos-muller-4066.jpgPara mi, empezó en diciembre. No sé si lo leí o me dijeron o me llamaron. No estaba muy confirmado pero la noticia era que The Specials tocaba en el Lollapalooza de Chile y no en el de Argentina, para el que mi hijo me había pedido entradas apenas se comenzaron a vender. Empecé a preguntar y efectivamente era así. Qué oportunidad, no podía dejarla pasar, no podía especular ni un segundo si iban finalmente a venir o no. Después de pensarlo dos días, decidí ir, sin preguntar, sin nada. Dije "me voy" y punto. Si venían acá los vería dos veces y ya.

     

    En el medio de esa calentura, le dije a mi hijo que me acompañara y me dijo que sí, algo de lo que después me tuve que retraer y me dolió mucho. Cuando decidí irme empecé a llamar a uno por uno y decirle "me voy, venís?". Y les di un plazo corto para decidir. Me puso muy contento que los que podían ir y dijeron que si, y triste por los que no pudieron y dijeron no. Más triste fue entender que me iba con 4 o 5 amigotes y no había lugar para mi hijo en las actividades de adultos, así que le tuve que dibujar una disculpa dolorosísima. El que es padre moderno sabe que son los amos que dominan y de la que aún estoy en deuda.

    El viaje empezó buscando vuelo, entradas y habitación, eso era fundamental para mí, el resto se vería. Con el tema del vuelo, al principio iba a irme el viernes y volver el lunes, pero en algún momento se confirmó que tocaban el domingo, así que decidimos volar el sábado, supongo que limpiando la culpa de quitarle nuestra presencia a las familias. Los que viajamos juntos somos padres, esposos y estamos llenos de obligaciones y deudas, por lo que un viernes a la noche significaba un montón. Confieso que el tema de si tocaban un domingo o sábado me tenía preocupado, pensé que esto podía modificarse a cada momento y que tendría que salir corriendo a cambiar pasajes de urgencia. Menos mal que eso no se ocurrió.

    Diciembre fue un mes loco.

    Me encontraron una piedra en la vesícula, que decidí sacarme en enero. Por mi trabajo, todos quieren “cerrar” antes de las fiestas. A fin de año tenía un viaje familiar, en enero me operaba, febrero vacaciones, marzo el viaje a Chile. Una semana después, fin de semana de música, para un obsesivo como yo cualquier cosa podía salir mal y me pondría del peor humor. Como además de obsesivo soy previsor quería dejar todo listo. En el medio de esto, un compañero de primaria al que le había comentado y al que invité me dijo “voy”, así que además tenía que coordinar entre diferentes grupos de personas que no se conocían.

    specials chikle.jpgEn el afán de hacerlo lo más barato posible estuve dos días intentando sacar entradas por internet con un rut chileno, tarjeta argentina y un descuento del 20% por VTR, hasta que el sistema me ganó y terminé sacando la que me vendieron, que resultó salada para nuestros bolsillos. Cerré el viaje en diciembre, listo, me voy.

    En enero me operé, rompí mi auto mal, después vacaciones, volví y empezó a acercarse el viaje. Cada vez más nerviosos, tuvimos una zozobra con el tema del hotel porque me habían prestado un lugar para 4 o 5 que nos dividió las aguas y nos hizo discutir al pedo. Caí en la cuenta de que soy un viejo choto, no escucho a la gente y me caliento al re pedo, soy viajero mañoso a esta altura y burgués hace tiempo, no puedo ni negarlo ni corregirlo y sinceramente no me interesa, sería igual aunque no tuviera las posibilidades.

    Dias antes del aéreo, LAN hizo paro y con los nervios esa boludes resultó en otros miedos también, pero era imposible no viajar. Me dijeron “voy a estar tranquilo cuando esté allá”. Se levantó el paro, todos mas tranquilos.

    the-specials-lollapalooza-chile-2015-01-700x465.jpg

     

    La semana del viaje no dormí bien, el viernes a la mañana pasé mensajes entre Chavi y Cotter (Ska Beat City), ambos volando a Santiago. Viernes a la noche mensajes de ambos con kilombos en el hotel acordado. Viernes fue un día largo, me levanté temprano, me acosté a las 2, me desperté a las 6, estaba todo cronometrado para pasar a buscar a uno a las 8, a otro 8:20 y al tercero 8:25, llegar a Ezeiza, entregar el auto, hacer el check-in, esperar al 5to pasajero, embarcar. Todo muy justo pero ensayado a full, con lo cual pasar al freeshop fue la gloria, ahí se dio la primer gran discusión: se compra gin o vodka? Resultando ganadora la postura gin Y vodka, más un Jack Daniels, algo que no había tomado en mi vida. En el avión aparecieron unas botellitas de licor, todo sobre rieles.

    Llegar a Santiago fue un tema.

    Aterrizamos todos menos una valija, lo que hinchó los huevos durante todo el viaje, igualmente el viajero mas allá de la calentura se lo tomó muy bien y no jodió en absoluto con el tema, para autocomplacerse se sacudió con electrónicos a precio Miami. El segundo tema fue movernos. Fuimos a ver si encontrábamos un auto para alquilar y todas las agencias dijeron que no tenían, autos agotados, insólito. Apareció de la nada un tal Raúl que dijo “tengo uno que si los cinco no entran cómodos, no me lo pagan”, así que nos fuimos en el Jac modelo JS24F32 que tenía un código para poner en marcha, auto chino imitación algo indefinido.

    GPS mediante llegamos al depto que nos prestaron, buen lugar en estado de semi-abandono-post-adolescente nos instalamos y nos fuimos de shopping a donde encontramos a Hernan y Gaby (Los Chiflados), Hernán con su respectiva familia y Gaby con amigo, primer momento de gloria: reencuentro con charla y cervezas, momento como hacía por lo menos 10 años no teníamos, todos viven lejos ahora y se extrañan un monton. Segundo momento, canje de papelitos por entradas para el domingo.

    terry.jpgSábado a la noche, organización del gran Chavi mediante whatsapp o internet, todos cansados y medio a regañadientes algunos subimos al auto y fuimos a la zona de Bellavista, en la esquina citada (restaurant Galindo) empezaron a caer personajes, conocidos y conocidos de conocidos, terminamos 12 o 14 cenando en un restaurant mejicano, con Sabina y otros famosos. Momento de gloria número tres … una cena a recordar. De ahí la comitiva caminó unas cuadras por esa especie de San Telmo chileno hasta el bar reggae de uno de los Gondwana, donde nos convidaron cervezas a granel y pudimos interiorizarnos del movimiento nocturno santiaguino.

    3am, vuelta al depto, dormir mal y despertar sin desayunar.

    Domingo dia D.

    Había que canjear entradas por pulseritas de colores, la comitiva partió al evento temprano, llegamos al parque tipo 11, canjeamos las pulseritas y buscamos un desayuno de campeones, que consistió en jugos varios, sándwiches, café abundante y empanadas de champignon (11am y mas de 30 grados), el mejor brunch en tiempo, en bancos de plaza. De ahí al evento.

    Chapó a la organización de Chile, no sé si es la mano dura heredada o qué, pero todo en correcto orden, o al menos esa fue mi impresión totalmente subjetiva, comparado con el de acá, al que fui esta semana a años para la cantidad de gente, las pulseras tenían un chip que te habilitaba el ingreso al predio, todo indicado con carteleria, organización que indicaba dónde, cuándo y cómo, y así entramos al predio realmente enorme. No sé para qué se utiliza, pero en el centro hay un playón de cemento del tamaño de un par de canchas de futbol donde estaban los escenarios principales, a lo lejos se distinguía el domo del Movistar Arena, un lugar imponente.

    Debido al calor se fijó campamento debajo de unos árboles y los grupos se fueron de excursión hacia diferentes actividades del lollapalooza, resultando la preferida la provisión de comidas y bebidas sin alcohol, que estaba implementada con la compra de unas fichitas que se cambiaban por víveres, 1 ficha 1 coca, 2 fichas pancho and so on. Al campamento apareció el gran Victor y otros compañeros mas. 35 grados mas o menos a esa altura. Escuchamos alguna banda de la que creo no recordar nada.

    14:15hs tocaba Lumumba, vamos a ver a Fidel y familia, no teníamos mucha comunicación entre nosotros, pero seguro había alguien más, así que ahí aparecieron Hernan y Gaby, vimos dos temas o tres, los nervios ya eran muchos, 14:35 abandonamos a Lumumba y nos fuimos caminando hasta los Specials.

    15:00hs, la boca seca, los nervios y la emoción de a montón, más amigos como Jerry y María. 15:10hs falta poco, algunas fotos, mirando detalles del escenario, más nervios, poca gente; gracias, así llegamos a unos metros. 15:15hs algún tema con el teclado, no empieza, que empiecen ya. 15:20 se asoma Bradbury. Tuve 20 años toda la hora siguiente.

    Me llevo del viaje más ganas de verlos aún que las que tenía cuando fui. Realmente no me importó si eran cuatro los que quedaban, me hubiera gustado ver a Radiation, asi como me hubiera gustado verlo a Jerry. No me importó nada, tocaron los Specials y me parecieron maravillosos.

    Terminamos el domingo en una sandwichería buenísima, con cervezas y comida, que fué dificil encontrar. Ya en el depto me tomé medio vodka y finalicé en un estado para olvidar, pero estaba contento y no me importó. El viaje de vuelta fue toda otra historia, que incluye los 5 días que me duró "Nite Klub" en la cabeza.

    Agradezco a los compañeros de viaje que me soportaron, a Chavi que es un groso, a Cotter... Saludos a los que no veo tan seguido y a los que conocí allá y ahora son compañeros de este viaje de por vida.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 7: Bang, bang, estás Liquidator

    En enero de 1999, mi jefa me asignó un viaje de tres días a Barcelona sólo para asistir a un desfile de veinte minutos en el que Ermenegildo Zegna presentaba su nueva línea deportiva. Nada más: ni entrevista ni conferencia de prensa; ni siquiera un cóctel de compromiso.

    liquidatorclose.JPGYa que estaba y se podía, abrí la escala del vuelo y me quedé en Madrid otras tres o cuatro noches, cero programa, en casa de mi amigo Alvarito. Ay, mis años como workaholico…

    En la ciudad catalana, aproveché el excesivo tiempo libre para, según recuerdo, estas tres cosas: meterme en un cine a ver la recién estrenada “Buena Vista Social Club”; ir a una fiesta alterlatina, aparentemente arengada por el bajista de Mano Negra; pegar un concierto en modo “storyteller” (una especie de stand up con guitarra) de Ray Davies, el de los Kinks, en un bonito teatro del barrio Gótico. Podría ver un desfile de Ermenegildo Zegna por semana de acá hasta jubilarme, ningún problema.

    Ya en Madrid, una tarde, en cierta tienda de ropa y remeras rockeras por Fuencarral, recogí el flyer de una “fiesta reggae” en el Club Moloko, para la noche siguiente.

    Fui uno de los primeros en llegar a la cita en ese ajustado bar, donde desde temprano sonaba early reggae, alguna banda de ska española y quién puede saber qué otra cosa después de tantos años. Pero sí me acuerdo bien que tomé unas cuantas Estrella de Galicia hasta juntar coraje holandés y acercarme al DJ.

    Como muy ocasional pinchadiscos, conozco de primera mano las pocas ganas que suelen quedarles a los profesionales de las bandejas para atender requerimientos espontáneos en pleno set. Pero lo mío no pasaba por pedir “¿tenés One Step Beyond?”, sólo quería pasarle al DJ una copia del entonces flamante debut de Satélite Kingston.

    “¡Qué buena noticia, salió el disco de Satélite!”, fueron las exactas palabras de quien luego conocería como Toni Face. El tipo parecía genuinamente complacido; y yo, ni hablar, nunca me hubiera imaginado que conocería la banda. Lo dejé seguir trabajando, pero quedamos para tomar un café la tarde siguiente por el barrio de Malasaña. No era joda: justo había dado no sólo con un notable DJ de reggae sino con un productor de shows y manager de artistas como Laurel Aitken, además de dueño, gerente, secretario, encargado de depósito, cadete y cafetero del sello Liquidator, 15 años después todavía uno de los más importantes del género en Europa.

    liquidator.JPGToni era y es un tío serio, pero nunca parco. Rockero hasta la médula, pero discreto, elegante, atento y amable. Con gran vocación de productor y manager, pero, vaya, hombre de palabra. Un tipo raro, vamos, como por definición lo es la gente de bien.

    Al otro día, tomamos el café, lo acompañé a ver telas para un traje (el colmo del mod, pensé), comimos unas tapas y vino del país, de parado, en un bar y pasamos por una disquería de usados donde, feliz, pescó un single raro de Slade. También me tocó visitar la oficina de Liquidator, detrás de una pesada cortina metálica en una especie de minigarage en Malasaña. Para mí, un joven sudamericano sin mayor acceso a tanto material del palo, ese despacho era la cueva del tesoro: de pared a pared, del piso al techo, no había más que vinilos, CD, fanzines, libros, remeras y otros artefactos subculturales para hacer suspirar a cualquier amante de la música jamaiquina o de la música, sin más. Allí pusimos play al disco de Satélite, “Subterrannia”, que comienza con el sample de un recitado de Linton Kwesi Johnson sobre los primeros compases de “Locura de octubre”, cortesía de Martín Cueto, DJ y amigo cercano del grupo. A Toni pareció gustarle, pero de una preguntó: “¿Y le pidieron permiso a LKJ?”.

    El productor fue muy generoso: me mandó de vuelta a Buenos Aires con copias de buena parte de sus “referencias” en vinilo y CD, además de fanzines e increíbles afiches callejeros de shows españoles de Hotknives, Selecter y otras bandas. Mientras me daba más y más mercadería yo mantenía mi cara de póker, canasta, chinchón y brisca, pero por dentro saltaba de alegría, como rude boy viendo a Madness en el día de su cumpleaños y con scooter nuevo. Para terminar, me surtió con una variedad de remeras estampadas con el logo de Liquidator, en distintas combinaciones de colores. Mi favorita siempre será la de tela verde con letras en amarillo e imagen de Muhammad Ali tirándole una piña al mundo. Tremenda. Dénle a este hombre, ahora mismo, el premio a la mejor remera de sello discográfico.

    landon.JPGDesde esa tarde madrileña hasta hoy, las ya clásicas remeras Liquidator han sido recurrentes en el vestuario habitual de Satélite Kinston. Tres años después del primer encuentro, en 2002, Mr Face programaba una gira de Satélite tocando Madrid, Barcelona, Guadalajara, Vigo y Valencia, antes de saltar a Francia, donde otro sello, Sabor Discos, se ocuparía de nosotros. Diez años más tarde, en 2012, Liquidator publicaba en vinilo “Todo hombre es una isla”, el disco solista que de alguna manera me atreví a grabar y que se presentó luego con un concierto en el bar Groovie, de Malasaña; dónde más. En el mismo barrio, Toni actualmente es socio de Le Trip, tienda de discos y camisetas con diseños propios, entre las que se destaca, por escándalo, la más ingeniosa remera en la historia de las remeras: una que muestra al actor Michael Landon, teléfono en mano, y que pone “Landon Calling”, con la tipografía del disco de The Clash “London Calling”.

    Del rocksteady a la Familia Ingalls, Toni Face lo tiene todo bajo control.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 6. Una de Ministry, 25 años antes de llegar en Buenos Aires

    Un domingo de 1990, por gentileza de MTV, entró en el living de casa “Stigmata”, primer single de “The Land Of Rape and Honey”, tercer disco de Ministry, extravagante banda de Chicago que -Dios mío-, el domingo 8 de marzo de 2015 ¡¡debutará!! en Buenos Aires.

    Ministryclose.jpgFue suficiente para convertir a un impresionable adolescente a ese oscuro culto sónico llamado “rock industrial”. El video, en blanco y negro, era inquietante: fábricas espectrales, robots mutantes, campos de concentración post apocalípticos. La música, un tecno rock abrasivo, hasta entonces inédito, distinto a todo: máquinas programadas, guitarras heavy y un psicópata al micrófono; un toque menos thrash y otro toque más dance de lo que el grupo grabaría luego, ya “famoso”. ¿Qué más se podía pedir? Ahí estaban todas las respuestas que precisaba un aplicado alumno de la Punk Rock High School, extensas horas extracurriculares en ska, hardcore y rock alternativo, con un breve curso de verano en The Pogues, como buen quinceañero con dificultades para sobrellevar las lentitudes de la vida. Así que, en resumen, antes que el tema terminara ya me había comprado todo el paquete.

    ¿Cómo es que Ministry llegaba a engalanar la pantalla de MTV? Sucede que en 1990 la cadena todavía parecía interesada en la música. Es algo que a los más chicos les costaría creer, igual que cuando les cuentan que allá lejos se vivía sin computadoras ni celulares. Sí, MTV rotaba un montón de videos de rock, pop, rap. ¿Raro, no? Aún se decía entonces que “el video” había “matado a la estrella radial”, como repetían The Buggles, precisamente en el primer clip transmitido en la historia de la cadena. Nadie podía parar esa fuerza incontenible, en teoría. Pero, bueno, sabemos adónde nos condujo la práctica y en qué andan las cosas casi tres décadas después.

    Lo mejor de MTV, por esos años, se encendía los domingos a la medianoche, vía un programón con nombre de noticiero: “120 Minutes”. Dos horas, obvio, de clips increíbles presentados por Dave Kendall, un VJ británico con fuerte acento, pelado, de look gótico, pero a la vez risueño y entrador, del que nunca más supe nada. Todavía atesoro Ministry1.jpgcintas VHS con material grabado de esas gloriosas sesiones en las que desfilaban, codo a codo, The Specials, Killing Joke, Sonic Youth, The Damned, Hüsker Dü, Front 242, Dexy’s Midnight Runners, Dead Milkmen, The Cramps, The Pogues, PIL, Jesus & Mary Chain y Gwar. Era el único momento de la programación en el que costaba aprobar la furibunda arenga “MTV Get Off The Air!” de los Dead Kennedy’s.

    Al otro día de La Revelación Stigmata, pegué el vinilo en cuestión, del sello Sire. No me defraudó en lo más mínimo y poco después conseguí una remera para expresar públicamente, de una vez por todas, mi total devoción por Ministry. No era fácil de encontrar, la banda del cantante y productor Al Jourgensen (un cowboy satánico y heroinómano, nacido en La Habana, criado en Chicago, que intimidaría a Rob Zombie) aún se movía en un nivel híper underground. Pero para eso estaba Smash!, pequeño local sobre la calle M, barrio de Georgetown, Washington DC, apenas a una cuadra del restaurante argentino Las Pampas, con su logo en tubos de neón verdes y rojos en la vidriera. Por esos tiempos, lo mejor que podía pasar el sábado al mediodía era que mis padres se pusieran nostálgicos y decretaran un almuerzo familiar de expatriados en Las Pampas. Entonces, antes y después de que sirvieran las empanadas, el bife de lomo o las milanesas, aprovechaba y me escapaba un rato a Smash!

    Era algo así como el Rockshow de Washington, un despacho para aprovisionarse de discos, VHS, revistas alternativas, prendedores, muñequeras con tachas y, faltaba más, remeras de rock, dobladas sobre un cuadrado de cartón, imitando la tapa de los vinilos de doce pulgadas. Smiths (“The Queen Is Dead”) y los locales Minor Threat (el pelado sentado y las ovejitas) eran sus best sellers. La de Ministry venía en negro, con foto de quien podría ser Jourgensen quince años más joven, como con líneas de “ruido” de video, el nombre del grupo en pequeña tipografía amarilla, cero industrial. La verdad, no era gran cosa. Pero, hey, decía “Ministry”, como para que todos se enteraran.

    Fue la remera que usé para ir a verlos el mismo año en vivo en el 930 Club, reducto clave en la historia del rock de Washington DC, que actualmente sigue abierto y muy relevante, pero en otra locación. Aquella sede original quedaba al fondo de un angosto pasillo justamente en el 930 de la calle F, a escasas cuadras de la Casa Blanca, nada menos. A más de uno le resultará curioso, pero de noche esa zona era una de las más peligrosas del Distrito de Columbia.

    NINback.jpgMás de una vez leí, al ingresar, el cartelito legal o del departamento de bomberos con la capacidad máxima del club: 230 personas. El 930 ni siquiera estaba lleno la noche en que Ministry presentaba ensordecedoramente “The Mind Is A Terrible Thing To Taste”, estruendoso disco del que me hice aún más fanático. Fue un show hipnótico e inolvidable, del que poco recuerdo. Pero tengo claro que, entre su ecléctico staff de personajes bizarros (el rasta rubio Chris Connelly, el gordo heavy Mike Scaccia, el euro dandy Paul Raven), la escuadra de forajidos había sumado para esa gira a un flaquito con pinta de desesperado: Trent Reznor.

    Reznor, se ve, era uno de los amigotes de Jourgensen y tenía su propio grupo, también “industrial”, pero en realidad infinitamente más blando e inofensivo: Nine Inch Nails. Su primer disco salió también por esos meses, se tituló “Pretty Hate Machine” y, a diferencia de los blasfemos registros de Ministry, su tecno pop atribulado convenció de una a las chicas alternativas de la época. No obstante, cuando NIN debutó en Washington lo hizo en el mismo 930 Club, para no más de 229 personas y quien esto escribe. En el show, cómo no, vendían las camisetas oficiales, blancas y con el efectivo logo de NIN en negro, más la inscripción “Hate 1990” (¡qué miedo!) en el frente y “You Get What You Deserve” (Tenés lo que te merecés) en la espalda; como la que tengo acá al lado, large, irreversiblemente gastada, manchada y apolillada. Pretty Hate T-Shirt.

    Varios músicos de Ministry hoy están muertos, como era de esperar, aunque curiosamente Jourgensen sigue (más o menos, dicen) vivo, casi un alegato por la tolerancia del abuso intensivo de drogas peligrosísimas. Nunca superaron el status de banda de culto: eran demasiado salvajes y caóticos. El flaquito Reznor, en cambio, se desmarcó, hizo los deberes y se recibió de estrella global, muy MTV friendly, conmoviendo a los fans con sus crónicas emo en clave tecno pop apenas subidito de tono. Lo que queda de Jourgensen se lo debe querer comer frito. Quizás alguien le pueda preguntar al respecto en marzo, cuando tome por asalto el Teatro Vorterix, a un cuarto de siglo de aquella irrupción con “Stigmata” en MTV.

    En cuanto a Dave Kendall, lo cierto es que cuando tecleaba todo esto recordé su nombre sin googlearlo. Porque de hecho uso una notebook libre de Internet como para avanzar más ligero. Pero acabo de chequearlo y resulta que “120 Minutes” no subsistió mucho más allá de principios de los 90 y fue el último programa de alto perfil para el VJ, que por un rato se dedicó a la producción en distintos canales de cable y ahora vive en Bangkok, Tailandia, donde seguro sigue escuchando Ministry.

    Mientras tanto, en Washington, el restaurante argentino Las Pampas lleva tiempo cerrado. Smash!, por su parte, en 2006 se mudó a otro barrio, Adams Morgan, donde acaba de celebrar sus 30 años de imperecedera labor comunitaria.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 5. Infierno en la torre: la caída de Tower Records

    En las últimas horas de 2014, un vecino de la zona bonaerense de Florida, Vicente López, encontró a metros de su casa, entre los escombros de cierto volquete herrumbroso, una caja de cartón lo suficientemente abierta como para dejar ver su contenido: cientos de bolsas plásticas amarillas con un logo rojo. Cuarentón y melómano, el vecino supo inmediatamente que se trataba de una partida (jamás utilizada) de aquellas bolsitas tamaño CD características de las extintas disquerías Tower Records. Por unos segundos, su corazón se atolondró casi a 45 rpm ante la remota chance de que el contenedor ocultará otra mercadería sobrante de aquellos locales. Pero nada más apareció, sólo bolsas amarillas con letras rojas.

    tower2.JPGEsto ocurriía ocho años después de la despedida definitiva de la cadena norteamericana con presencia en medio mundo, incluida la Argentina, donde alcanzaron a abrir (y muy pronto cerrar) cinco tiendas. Porque en 2007 se acabó Tower. Al que diga que en realidad la firma todavía despacha discos por Internet, le repito: se acabó. A fines de diciembre, de aquel año, Towers por todo Estados Unidos iniciaron la cuenta regresiva hacia el inexorable stop y eject. Con lo que no se apagó una compañía ni una marca sino una era. Algo que ya se percibía desde antes, pero que hasta el fatídico 12/07 no habíamos experimentado tan brutalmente, en toda su dolorosa contundencia. O por ahí soy yo, no sé.

    Tower fue fundada en 1960 en Sacramento, California, por un tal Russ Solomon, que usó el nombre de la farmacia de su padre y se ve que le trajo suerte porque a los siete años iba por el segundo local, en San Francisco, y de ahí ya no paró, por décadas. Con el tiempo la expansión llegaría hasta Malasia, Irlanda, Filipinas, Israel, Colombia y una inexplicable nación al sur de Paraguay. Hasta que en 2004 la cadena se declaró en quiebra, sumergida en una crisis hija de factores varios, como las bajadas de discos vía web, que cualquiera que haya leído hasta acá conoce de memoria (y hasta habrá contribuido alegremente a acrecentar).

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    Tower se posicionó efectivamente como la cadena que lograba resolver la (¿falsa?) tensión entre mercado masivo y especialización y, por qué no, amor por la música; vaya exótico concepto. Es decir que promocionaba y facturaba decenas de miles de discos híper taquilleros, pero al tiempo ofrecía completas selecciones de géneros "menores" como jazz, world music, punk o ska.

    Su slogan era "No music, no life". Venía impreso en las remeras negras que regalaron en Buenos Aires en 1997 para conmemorar la inauguración del Tower en Santa Fe y Riobamba, casi justo frente a uno de los mayores Musimundo porteños, por entonces su archirrival. Aún atesoro esa remera negra con un dibujo bastante raro: cinco cohetes espaciales, amarillos, con punta en forma de ojo, que parecen haber despegado de la luna con rumbo a, quién te dice, el Tower de Santa Fe y Riobamba. Qué significará eso junto a la frase “Sin música no hay vida”, nadie lo puede saber. En la manga derecha se lee “Tower Argentina”. La etiqueta de la prenda reza Lee-Chi, o sea el emprendimiento postmusical del ex bajista de Los Brujos. ¿Cuántas de estas piezas quedarán en circulación por ahí?

    tower.JPGAquel primer megastore fue una apuesta de los propios yankees con un socio local, el rico y famoso Eduardo Costantini. Pero, visionario, Costantini se retiró del asunto apenas un año después. El actual dueño del museo Malba e inventor de la ciudad-country Nordelta le vendió su 50 por ciento a los americanos por cinco millones de dólares. Pongamos que saltó del barco antes de golpear el iceberg mientras la tripulación, determinada a resistir a bordo, le entregaba todo lo que tenía en la billetera. Igual, lo hizo con buena onda y, mientras se despedía, se tomó unos minutos para hablar con el diario La Nación: “Este proyecto hay que mirarlo a 10 o 20 años”, dijo a escasos cinco veranos de la irreversible bancarrota, conciliador y secretamente aliviado.

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    Algunos recordarán la nutrida batea de reggae, por ejemplo, en la primera etapa del Tower de Barrio Norte, en la cumbre de la “pizza con champagne y discos importados”, de aquellos entretenidos noventa en los que un peso se cambiaba por un dólar. Frecuenté ese Tower y también el de Florida, escalera mecánica abajo; no tanto el de Recoleta ni el de Belgrano ni el de Pilar. Pero a mí el logo rojo me devuelve más bien a esa sensación de tarde post colegio secundario, caminando solo, dos cuadras y un extenso estacionamiento bajo el sol de la siesta (bueno, a veces sobre la nieve) desde casa por Greensboro Drive hasta Leesburg Pike, donde esperaba uno de los mejores Tower en Estados Unidos y el universo, el de Vienna, Virginia, suburbios de Washington DC. Ahí podía desperdiciar horas, la gran mayoría de las veces sin comprar nada. Los CD ya ganaban más terreno, pero yo me dedicaba a los vinilos, en particular a la sección “Import”: los iba pasando con los dedos, uno por uno, y contemplaba las maravillosas tapas de Specials, Crass, Dead Kennedy’s, Bauhaus y de algunas cosas que hasta hoy no escuché, pero cuya gráfica conocía de memoria.

    Inexplicablemente, al llegar a ciertos discos que ya poseía, frenaba. Levantaba con las dos manos, por ejemplo, "London Calling", y me quedaba contemplando, como si me pagaran para controlar que la noche anterior nadie hubiera ingresado clandestinamente al local y hubiese alterado el orden alfabético de la mercadería o tachado con marcador indeleble los títulos de las canciones en alguna contratapa.

    Cada día que volvía a casa con una bolsita amarilla, letras rojas, más o menos cargada, ése era el mejor día de mi vida. Ahí embolsé "Sandinista!". Y "Machine Gun Etiquette", de The Damned, seguro uno de mis vinilos más queridos. Y el enorme, enorme, enorme, compilado punk “Burning Ambitions” (doble, tapa paródica del “Sgt Pepper”), mucho Wax Trax, algo de ska, “Bossanova”, de Pixies, “Bad Moon Rising”, de Sonic Youth, mucho Dischord... A esos discos, la buena gente de Tower los metía en sobres de una especie de celofán grueso cerrados con un sticker redondo, amarillo traslúcido; eran lo máximo.

    Pero si no adquiría nada y era, por ejemplo, el primer jueves del mes, no importaba porque sin gastar una moneda podía agenciarme el City Paper (notable diario gratuito local con toda la información de shows, muestras de arte y más), la Pulse (excelente revista gratuita de Tower, con muy buena información) y los volantes de recitales de la zona. Lecturas que, por apenas unos dólares, se complementaban estupendamente con MRR, Flipside, Reggae Times, Propaganda, The Big Takeover y tantas otras revistas y fanzines.

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    Después tuve mucha suerte y conocí una veintena de Towers en diversas locaciones. Seré pobre, pero me recibí de Tower-experto global, aunque mi nivel de compras sea bajísimo en relación con la impresionante cantidad de horas invertidas entre sus bateas. La última Tower-compra fue casualmente en aquella disquería de Vienna, en su agonizante octubre de 2007. Un CD de The Beat, otro de Agent Orange, y dos DVDs para regalo, Social Distortion y George Harrison. Llevé todo a la línea de cajas, donde me atendió un adolescente punk con el pelo violeta. Violinista del Titanic, sonrió, me felicitó por la selección y me preguntó ahí nomás qué disco de Agent Orange le recomendaba. Como en muchas otras cadenas, me ofreció la tarjeta de descuento Tower. Le expliqué que no tendría demasiadas oportunidades de usarla, así que sólo me serviría si el descuento se aplicaba a esa misma compra. Me respondió que no, que corría a partir de la próxima, pero, en fin, no había por qué ser tan estrictos, ¿no? Y me otorgó un 10 por ciento de descuento, de onda. ¿En Estados Unidos? ¿En un megastore? Sip.

    Que quede claro, esto no es un lamento por Tower. En todo caso, va dedicado a las disquerías en general. A las buenas disquerías. Muchas de ellas, más bien pequeños negocios atendidos por obsesivos y antipáticos dueños, a su tiempo incluso jaqueados por el gigante de las bolsitas amarillas. Algunas, como la heroica Other Music (en la cuarta y Lafayette, Manhattan), sobrevivieron a monstruos de varios pisos que las desafiaban apenas del otro lado de la calle. Other Music hoy sigue vendiendo más o menos lo de siempre en el mismo sitio. Del Tower, en la cuadra sólo persiste una enigmática señal wi fi con ese nombre, acaso de algún vecino gracioso, quizás de un router olvidado en una habitación vacía.

    Tampoco es este un arranque nostálgico. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" siempre me remite inmediatamente al Holocausto y, más acá, al Proceso. Sólo me acordé de esas tardes de disquería, cuando el tiempo quedaba suspendido y uno terminaba saliendo a la calle mareado y el ruido de los autos lo aturdía y hacía cuentas para ver cómo se las arreglaría para pegar tantos, pero tantos discos. En mi caso, al final Tower murió mucho antes de que lo consiguiera.