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Satélite-in-Blog

  • Ahora todos van a leer tu remera # 12: Madrid me mata, en siete pasos

    DSC_0050.JPGPrefiero no mirar el velocímetro, pero adivino que vamos bastante rápido por el Paseo de la Castellana en la Vespa 74 azul de Toni Face, con frío de madrugada y una fina lluvia de despedida del invierno, rumbo a la zona de la estación Colombia. Me preocupa un poco a estas horas la aptitud de Toni para manejar. Entonces fijo la vista en su casco, sigo sin mirar el velocímetro y me concentro en lo que pasó en las últimas diez horas, desde que llegué a Madrid y el mismo Sr. Face me buscó en el aeropuerto de Barajas.

    1. Casa Mingo. Mediodía. A menos de una hora de aterrizar en Madrid, estamos con Toni y Davo (ex saxo de la banda Lord Kaya & the Kinky Coo Coo’s, de Barcelona) en esta taberna asturiana fundada en 1888 sobre el Paseo de la Florida. Toni pide sidra y la sirve desde todo lo alto que da su brazo derecho y la ataja bien abajo con su brazo izquierdo, en un único vaso que va rotando entre los tres. Hay que tomarla de un trago y tirar lo que sobra al centenario y curtidísimo piso de madera. Acompañamos la sidra con queso Cabrales, que es como un roquefort asturiano. Lo pisamos, lo salpicamos con sidra y lo comemos con pan. Vaciamos, entre los tres, cinco botellas.
    2. Café Manuela. Pasamos a este elegante reducto de Malasaña, como para probar algo dulce. Pedimos variedades de café, torta de chocolate y... whisky. Deben ser las 6 de la tarde.
    3. Casa de Toni. Está bajando la temperatura, así que vamos a procurarnos abrigos. De paso, miramos algunos videos (uno hilarante de los Granadians y el de John Holt con orquesta filarmónica). Ron con hielo.
    4. La Antigua Huevería. Regresamos a Malasaña para encontrarnos con un argentino, Esteban Rial (ex Perdedores Pop, actual Esteban R Esteban), y con el Chino, que en verdad es madrileño. Compartimos unas cervezas mientras miramos los goles de la fecha (sin sonidote la tele, pero con música de AC/DC) en este pequeño bar sin mucho más que nuestra tertulia, una barra y una máquina expendedora de cigarrilos (vacía).
    5. Louie Louie. Prácticamente frente a la Huevería, este garito parece un museo con sus paredes cubiertas de memorabilia rockera, desde posters autografiados de Beatles hasta fotos de prensa de los Young Fresh Fellows pasando por un disco de oro de R.E.M. y varias guitarras quién sabe de qué héroe del indie madrileño. Cervezas y ron con Coca hasta que llega una vecina, en bata, para exigir que bajen la música.
    6. La Vía Láctea. El ambiente de este sitio recuerda al viejo Podestá, de Palermo, pero con primer piso en lugar de sótano. Decoración ochentosa, buena música y una barra de la que parten más tragos y cervezas. Siguen sin dejarme pagar nada.
    7. Garaje Sónico. Sin mucho resto que digamos, llegamos al más punky de los antros, con la ventaja de contar con su dueño entre nuestras filas (no lo tenía identificado, pero ya venía con nosotros desde tres bares atrás). Nos reciben con Cock Sparrer y La Polla Records. Sí, más cervezas y "cubatas". El anfitrión nos regala camisetas con el logo y la dirección del local, pero nos advierte: "Mejor que no las usen para dormir, como hacen todos".

    Más tarde, después de la loca travesía en la Vespa 74 azul, Toni, con la remera del Garaje Sónico puesta, está listo para ir a dormir. "Estuve hablando con una chica griega en el Garaje Sónico, pero no me acuerdo de nada más", me dice.

    Marzo 23, 2006

     

  • Flores en la basura (canciones encontradas 2015)

    Hace tiempo que Satélite In Blog no comparte un compilado de música nueva. Para retomar la tradición, bajá acá el compilado Flores en la basura. De esto se trata:

     

    Canciones encontradas/Razón de ser

    De día trabajo en un diario de Buenos Aires. Aunque compro, escucho y toco música y escribo sobre ella y hasta me hago el DJ cada tanto, nunca estuve en la sección Espectáculos de la redacción y siempre cubrí otros temas.

    Cada vez que paso junto a los escritorios de los especialistas en cine, rock, tele, etcétera, miro de reojo. Me llaman la atención las pilas de CD junto a las computadoras de los críticos musicales. Después de décadas de perder tiempo y dinero en disquerías de por lo menos 25 países, no consigo imaginar cómo será vivir con acceso ilimitado y gratuito a más música envasada de la que humanamente se puede llegar a escuchar.

    trashcd.jpgCada tanto, estos periodistas especializados dejan sobre una mesa neutral, cerca de los ascensores, los CD que reciben como promo y que por algún motivo no les apetecen. Algo, en el fondo, los previene de tirarlos al tacho. Así que parte de mi rutina laboral consiste en rondar esa mesa de saldos por si hay novedades, algo salvable, para escuchar. Tal es la medida de mis ambiciones profesionales en la cúspide de la corporación mediática. “The art of free-shit getting”, como decían los Beastie Boys en una nota-manifiesto de su vieja revista Grand Royal (tapa Lee Perry).

    Del 99 por ciento de las inspecciones no sale nada. Pero el sabor de los raros hallazgos producidos en ese otro uno por ciento (quizás menos) es… indescriptible.

    “Flores en la basura” compila las mejores canciones de rock hecho en Argentina que rescaté de esa mesa. Exclusivamente canciones perdidas, condenadas, marginadas, rechazadas, desestimadas por los expertos y al mismo tiempo (miren qué paradoja) intensas, lindas, sentidas, logradas o por lo menos interesantes, cuando no sencillamente increíbles.

    Cuesta entender las circunstancias en las que alguien flipearía entre cajitas, se detendría ante la de Viajantes o la de Norma o la de Gigio y entonces negaría con la cabeza, severo o aburrido, y las depositaría en la Mesa del Olvido sólo para darse vuelta y regresar despacito a su escritorio y dedicarse a asuntos más trascendentes. ¿Quién en su sano juicio podría abandonar, así nomás, el brillante debut de Los Planos o un CD rubricado con un nombre del tenor de “Mutantes del Paraná”? Es difícil dimensionar la pérdida de haber tenido entre manos una canción como “La hora de los magos” y… haberla soltado, para siempre, sin escucharla.

    A muchas de esas cajitas las sigo viendo ahí, en la mesa, después de tiempo, sin que nadie las levante. Unas pocas, en cambio, están en mi poder, felices, entre otros cientos de cajitas y sobres de cartón, contentas de convivir ahora en un hogar adoptivo donde son queridas y atendidas y valoradas. “Flores en la basura” es esa segunda oportunidad que parecía imposible desde la desolación de la Mesa de Saldos y que, justo por eso, suena aún más valiosa. Es una antología de canciones recuperadas para melómanos de buen corazón.

    Compilado por D.F. para Satélite-in-Blog

    BAJAR

    1. Viajantes. Hablar con vos.
    2. Crema del Cielo. Éxito.
    3. Pelea de Gallos. El rock vive de mi.
    4. Mutantes del Paraná. I Want To Break Free.
    5. Sol Pereyra. Tita.
    6. Daniel Melero. Líneas.
    7. Norma. 6 AM.
    8. Los Animalitos. Mi cumbia.
    9. Gigio. Amapola.
    10. Las Pelotas. Como se curan las heridas.
    11. El Vértice. Perros de basura azul.
    12. Los Planos. Odio decir.
    13. Emanero. La vida.
    14. Las Diferencias. Quiero saber.
    15. Viajantes. La hora de los magos.
    16. Ararat. Tres de mayo.
  • Zinerismo! (antitaller de periodismo punk)

    De los creadores de Satélite in Blog, Libros de Una Isla, el librito para colorear tapas de discos punks y otras barbaridades (como que Chikito termine publicando notas en La Nación!), ahora llega...

    Zinerismo! un taller exprés de periodismo punk


    ¿Escribís escuchando The Clash? ¿Tus mayores influencias literarias son Evaristo y Henry Rollins y tu Enciclopedia Británica es "Bedtime for Democracy"? La Feria del Libro Punk de Buenos Aires (el próximo sábado 14/11, en la Cultura del Barrio) te invita al primer taller exprés para editores de fanzines, no- periodistas y lectores compulsivos de fotocopias, a cargo de Daniel Flores (Libros de Una Isla, satelitekingston.blogspirit.com, etc). El taller es gratuito, pero se necesita inscripción previa. Para anotarse y o pedir más información, escribir a lamaneracorrecta@gmail.com

    Ahí nos vemos...

     

  • Ahora todos van a leer tu remera # 11: Siniestro Total, ante todo, miña terra galega

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    Yo quería ser vasco. No porque añorara un linaje de tamberos prósperos en la Pampa Húmeda. De eso no sabía nada a los 14 años. Lo que entendía entonces por vasco y lo que deseaba para mi, pero más aún para mostrarle a los demás, era ser una amenaza al status quo, un incómodo recuerdo de que todo iba mal en este mundo y que, en cualquier momento, algo iba a reventar; un país o una bomba casera en un cajero automático. Politizado, vindicativo y peligroso. Ya verían.

    Pero no era vasco. Nada, ni un bisabuelo medio euskera o que al menos hubiera cargado bolsas en el puerto de Bilbao o pasado una semana de vacaciones en la Concha de San Sebastián. Ni una hoja aislada en la rama más distante de mi árbol genealógico que pudiera exagerarse, un poco, como certificado de carácter e intransigencia.

    Pero, además, incluso salteando este insalvable escollo genético, había otro problema: la verdad es que en el fondo no tenía ninguna intención concreta de comprometerme seriamente en nada que estuviera más allá de una habitación de dos por dos, unos cuantos discos, cassettes, posters y libros y una Gibson Les Paul Studio negra. Menos que menos en una organización armada clandestina. Básicamente, la revolución a mediados-fines de los ochenta, para (pequeña) gente como uno, era el título de un discazo de La Polla Records.

    No, no era vasco y nada podía hacer al respecto. Pero había algo peor: era gallego.

    Mi madre era gallega. “Gallega de Galicia”, como se debe aclarar desde que los argentinos decidimos que todos los españoles, de Sevilla, de Burgos o de Santander, son “gayegos”. Gallega de Rianxo, una villa pesquera y poco importante, en la provincia de Coruña, cerca de la ciudad universitaria y peregrina de Santiago de Compostela.

    Y gallego, en Argentina, era sinónimo de bruto y vulgar, blanco regalado de un humor absurdo y pueril, no precisamente para show de Les Luthiers. Una broma. Para colmo, de Galicia, exactamente de Ferrol, era el dictador Francisco Franco, el generalísimo, el personaje más vergonzante del siglo en la península. Arduo desafío para el orgullo, si no se tenía un par de cosas claras. Yo no tenía ni media.

    sinisetro1.jpgJusto ahí apareció en escena Siniestro Total (una vez más, el punk rock salvando vidas inocentes). En algún momento hacia fines de los 80, mis dos hermanas mayores, aún adolescentes, pasaron un verano en las apacibles playas del pueblo de mis abuelos y de mi madre. En las playas y en la única y modesta disco de la localidad, donde hicieron muchos amigos, incluido el DJ. Tengo entendido que fue él quién, en la última noche de esas iniciáticas vacaciones, les entregó como recuerdo un TDK con canciones de rock español que volaría sobre el Atlántico hasta casa.

     

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    Por unas semanas, mis hermanas escucharon esa cinta obsesivamente, seguro con melancolía por aquellos soleados días de aventura y, quién te dice, romance en las Rías Baixas. Por propiedad transitiva (bueno, mi cuarto estaba junto al suyo), también me la aprendí de memoria. Aunque con el tiempo olvidé la mayoría de esas canciones pop, sí recuerdo bien al menos estas apariciones estelares: “Cuatro Rosas”, de los madrileños Gabinete Caligari; “Mierda de ciudad”, de los ultravascos Kortatu; y “Bailaré sobre tu tumba”, “Sonorice su templo”, “La matanza de taxis” y “Miña Terra galega”, de Siniestro.  

    Quedé impresionado, mucho más que mis hermanas, una fanática de Bon Jovi y otra de Alejandro Lerner. Conocía a Kortatu y La Polla Records, pero los Siniestro eran diferentes: tocaban punk rock con acento gallego. Insólito. Y eran de Vigo, la ciudad gallega más industrial, moderna, próspera y a la vez menos pintoresca, menos tradicional, menos religiosa y… donde vivía mi tío Juanjo, vaya.

    Al fin, algo gallego con onda. Porque, además de gallegos, los Siniestro eran buenísimos. En algunos aspectos, mejores que otros punkis ibéricos, especialmente vascos y catalanes. Para empezar, tenían un nombre increíble, de un ingenio superior. No tocaban ni componían mal, para el minimalista y explosivo estilo. Y eran muy, pero muy graciosos, algo que no ocurría en general, por ejemplo, con el grave y comprometido Rock Radical Vasco (salvo destellos del, ojo, también gallego Evaristo Páramos Pérez, cantante de La Polla).

    El humor era un rasgo muy relevante en su caso, como gallegos, porque de algún modo respondía de la mejor forma a todo aquel lacerante humor galeicofóbico. Si la devolución más efectiva a una burla es un chiste aún más agudo, bien colocado, Siniestro eran los reyes de la comedia con campera de cuero. Una nota en un viejo número de la Rock de Lux, histórica revista de rock barcelonesa, lo pasaba en limpio: la diferencia entre la Polla Records y Siniestro Total era que los primeros jamás le darían la mano a un fascista mientras que los segundos se permitirían la excepción sólo para reírse de él.

    Hacían algo más. En vez de disimularlo, los Siniestro ponían su origen gallego en primer plano, aunque jamás se aventuraban por el discurso nacionalista de tantos vascos. Traducían, por ejemplo, el “Rockaway Beach”, de los Ramones, como “Rock en Samil”, en referencia a la playa más famosa de su ciudad, a la que, por otra parte, le dedicaron el cañero “Hey, hey Vigo”. Otro de sus temas llamaba a “Matar hippies en las Cies”, unas islas frente a la costa de Vigo donde algunos niños de los 60 practicaban el nudismo y otras mañas del flower power. Y contaban con números, como “O tren” y “Volanteiro cabrón”, directamente en idioma gallego. Pero el himno total de Siniestro y del punk de Galicia sería, por afano, una de las canciones incluidas en el TDK de mis hermanas: “Miña terra galega”.

     

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    Los Siniestro habían transformado “Sweet Home Alabama”, de los muy poco punk Lynyrd Skynyrd, en una oda de pub rock a Galicia. Para el disco “Menos mal que nos queda Portugal”, de 1984, la reescritura corría por cuenta de Julián Hernández (en verdad, nacido en Madrid 24 años antes), que curiosamente entonces era el baterista, pero luego devendría en guitarrista, cantante y único miembro original hasta hoy.

    Aunque en castellano, no en gallego, la nueva lírica sobre la vieja música hablaba de esa tierra “donde el cielo es siempre gris” (mientras que la dulce Alabama es “siempre azul”), “donde la lluvia es arte” y “donde se quejan los pinos”, desde el punto de vista de un inmigrante como mis abuelos y los abuelos de millones de argentinos (aunque en este caso, el destino fuera “una isla del Caribe”, para “trabajar de camarero”).

    Al inmigrante éste lo “invade la morriña”, ese sentimiento sin traducción, que sólo se padece en gallego, pariente de la saudade portuguesa, pero con agridulces ingredientes autóctonos. Y así comienza a recordar una serie de tópicos del galleguismo, como Breogán, su mitológico rey celta; la muñeira, una danza típica; los alalás, otro formato folklórico; y, atención, la Liga Armada Galega.

    La LAG fue un grupo terrorista por la independencia gallega. Es decir una especie de ETA, pero de la Esquina Verde de España. Sin embargo, a diferencia de los etarras y su largo y temido prontuario de acción directa, la LAG tuvo una cortísima existencia entre 1978 y 1980, con solo un par de atentados menores sin víctimas fatales ni mayor conmoción social. No precisamente un ícono de las luchas populares y las trincheras revolucionarias, pocos supieron alguna vez de ellos. Muchísimos más son los que solo oyeron su nombre, al pasar, en “Miña Terra Galega”, sin tener idea de qué se trataba. Da la sensación que a Hernández todo el asunto le causaba un poco de gracia, casi como otro chiste de gallegos.

    A los Siniestro Total se los conocía por una frase, que curiosamente no era el título de un tema o un disco sino simplemente un lema suelto, escrito en una remera: “Ante todo mucha calma”, decía, en gruesa imprenta negra sobre blanco. En vivo, la banda completa solía lucir esa remera, que no tardó en convertirse en su emblema, de implícito estoicismo. Eventualmente, fue también el título de su primer disco en vivo, registrado en Valencia y lanzado en 1991.

    Triste pero cierto, durante los noventa, el hiper influyente periodista argentino Bernardo Neustadt posó para la tapa del popularísimo semanario Gente con una remera de “Ante todo mucha calma”, como las que regalaba ese verano en el balneario uruguayo de Punta del Este. No era su intención promocionar a los punkis vigueses sino editorializar un mensaje positivo en tiempos convulsionados, a siniestro2.jpgfavor de Carlos Menem, el presidente ultraliberal al que apoyaba abiertamente y que, en dos períodos, bien se las apañaría para colocar al país en una situación calamitosa, cero calma. Si para muchos Menem arruinó el país, para mi su socio Neustadt casi arruina la remera de Ante Todo Mucha Calma.

    Antes, en 1989, ya me había conseguido una de esas camisetas en Madrid, en una de las tres sucursales de la tienda-rockería Marihuana, nada menos, nombre que algo decía acerca del “destape” español en los ochenta. Fue durante el mismo viaje en el que conocí aquel Rianxo de mi familia. Una villa pesquera sobre la ría de Arousa, con un puerto surtido de barquitos para prácticas de estudiantes de bellas artes, la bonita playa de Tanxil, la Capilla de la Virgen de Guadalupe y un complejísimo entramado de… tres calles: la de Arriba, la de Abajo y, por supuesto, la del Medio, en la que se enfrentan los dos bares de siempre, el Feliciano y el Bar Ela (de un señor Varela, cómo no).

    Quisiera contar un cuento más romántico, pero lo cierto es que el pueblo, a mis 16 años, no me pareció la gran cosa. Quizás porque no había allí ni una sola disquería. Sólo un detalle me reconciliaba con el pago: en “Dios Salve al Conselleiro” (versión de “Dios Salve al Lehendakari”, de los madrileños Derribos Arias), los Siniestro aullaban: “El no es un botafumeiro Es solo un rianxeiro. Oh, oh, oh, ¡conselleiro! Dios salve al conselleiro” A esa solitaria línea podría resumirse la Historia del Rock Alternativo de Rianxo. De nada.

     

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    Veinticinco años más tarde, volví. Caminamos Rianxo con mi tío Juanjo, que de pronto entró en una vieja casona que ahora funciona como museo. Le preguntó al único empleado: "¿Puedo subir a ver donde dormía de niño?" El chico abrió la boca pero no llegó a contestarle y Juanjo ya subía decidido, como por su casa, las escaleras de madera en esta construcción centenaria de piedra, tres plantas, en la Rua de Abaixo, la única con teléfono de todo Rianxo en sus años de gloria.

    Allí funciona hoy el Museo Manuel Antonio. Poeta y marino, Manuel Antonio Pérez (1900-1930) fue uno de los máximos exponentes de la vanguardia literaria gallega a principios de siglo pasado. Republicano, integró las Irmandades da Fala, grupo intelectual impulsor del nacionalismo gallego y vigoroso defensor de su idioma, junto con otro destacado dramaturgo, ensayista y periodista también de Rianxo, Rafael Dieste (1899-1981). Ambos, seguidores del padre del movimiento galleguista, otro rianxeiro notable, Alfonso Daniel Castelao (1886-1950), político, escritor y caricaturista más recordado en Buenos Aires ya que allí vivió exiliado hasta su muerte. Pueblo chico, legado grande.

    El museo cuenta con una colección de objetos personales de Manuel Antonio, según aclara un pequeño cartel, “donazón da familia Domínguez Pérez”, es decir mi familia, la misma que jamás me habló del homenajeado, tío de mi abuelo materno. Una revelación.

    En uno de los cuartos me encontré cara a cara con una gigantografía y una frase del llamado Poeta del Mar: “Mi nombre encenderá una nueva estrella en cada constelación”. En otros rincones había libros, ejemplares de la revista galleguista A Nosa Terra y varias pipas de Manuel Antonio. Como Siniestro, Manuel Antonio me resultaba de algún modo más familiar y cercano que algunos parientes a los que prácticamente no había visto jamás. No era un iconoclasta a la euskera, no era el tipo enfrentando a la cana con una gomera de la tapa de Kortatu, pero sí un rebelde, acaso más bien lírico, al que los Siniestro le hubieran resultado unos tíos cojonudos.

  • Ahora todos van a leer tu remera # 10: The Clash, la única camiseta que importa

    "Sandinista!" es, si me preguntan (cosa que a nadie jamás se le ocurrió hacer), el disco más importante en la historia del rock. O sea el disco más importante. EL disco.

    Ahora, ¿merece semejante título por su carácter radicalmente innovador? La verdad, no. ¿Cambió el mundo con solo girar a 33 rpm? Mucho menos. ¿Marcó un antes y un después insoslayables? No diría eso. ¿Es un disco que nadie debería dejar de tener? Ey, bueno, no necesariamente.

    clash1.JPGA “Sandinista!” ni siquiera lo rankeo como el mejor disco de The Clash. ¿Entonces? Entonces todo pasa más bien por algunas cuestiones emotivas. Para empezar, por el tiempo, la atención y la energía que le dediqué allá por 1989, cuando compré el vinilo versión norteamericana alguna tarde gris después del colegio. Nueve años después de editado (diciembre, 1980), cinco o seis después de que la banda se separara irreversiblemente para nunca jamás estropear su leyenda con una de esas lastimosas giras reunión.

    Por aquellas, cinco años parecían muchísimo tiempo. Hoy, suenan a un vuelto y es lo que infinidad de grupos demoran en grabar material nuevo. A todos esos, los Clash se los desayunarían con huevos y salchichas. Miren, por ejemplo: en un mismo año, los Cuatro Jinetes del Apocalipso Now sacaron “London Calling” (en verdad, un toque antes, 14 de diciembre de 1979) y “Sandinista!”, doble y triple respectivamente. Leyeron bien, pero repitamos: un disco doble y un disco triple, cinco putos vinilos llenos de canciones brillantes, ideas, hallazgos, instrumentos, géneros, intentos, citas, inspiración. Y, por las dudas, editaron también el mismo año “Black Market Clash” (sólo en Estados Unidos), otro disquito con lados B y versiones dub. Total: 64 tracks en doce meses. La mayoría de las bandas se toma más de una década para lo mismo, si llegan y si es que alguna multinacional les pone la suficiente plata.

    Hasta la tapa de “Sandinista!” me gusta más que las otras muy afiladas tapas de The Clash (incluso el musicalmente flojo "Cut The Crap" lucía un buen diseño). Porque la foto en blanco y negro de “Sandinista!” es la mejor foto de formación de rock, desde la más cándida mirada del músico como Gran Héroe Juvenil Disfuncional Moderno, en una galería que iría de Elvis a Peter Tosh, pasando por Johnny Cash (haciendo fuck you), Johnny Thunders, Iggy Pop y, quién dice, Eminem. Ahí los cuatro Clash están perfectos, en su pose guerrilla-rocker-internacionalista, desde ese callejón medio neoyorquino, medio londinense, igual que la ecléctica música que resuena desde cada surco. Joe Strummer parece a punto de embocar una molotov. A Jones se lo ve como si acabara de birlarle el casco a un milico desprevenido. Paul Simonon es James Dean con Doc Marterns y Topper Headon, un gángster. El suelo es de adoquines húmedos y contra la pared de fondo, de ladrillos a la vista y cañerías industriales, se apoya algo que podría ser un radio con la antena extendida, listo para comunicar algún mensaje urgente; un detalle encriptado.

    Entiendo que la foto de “London Calling”, con Simonon reventando su bajo Fender Precision contra el escenario del Palladium, en Nueva York, es técnicamente superior y ha sido universalmente aclamada, pero... “Sandinista!” es mi favorita.

    Casi junto con el vinilo, compré entonces una remera blanca con los cuatro músicos en negro y una estrella, como las de la tapa de “Sandinista!”, en rojo. Solía usarla bajo una campera de cuero a la que le pegué otra estrella colorada sobre la manga izquierda, por si quedaban dudas. Una tarde, camino a Tower Records, para variar, me paró en la calle un tipo de sobretodo, de unos sesenta años. Resultó ser un inmigrante ruso que nada sabía de los Clash. “¿Qué hacés usando esa estrella roja? ¿Acaso entendés qué significa?”, dijo ofendidísimo, incrédulo y repentinamente agitado.

    3293 caracteres después, la música. La acción transcurre en el cuarto de un adolescente, suburbios de Washington DC, discoteca aún en formación con pequeñas y desordenadas dosis random de punk, hardcore, ska, reggae, "college rock", dark, industrial, rockabilly, surf y muchos etcéteras, pero nada de información sobre la causa nicaragüense. Música rápida para digerir las lentitudes de la vida.

    De pronto, se materializa este sobre oscuro. La expectativa, por los antecedentes, es descubrir otra obra fundamental del punk rock. Pero cuando la púa acaricia los primeros andariveles vinílicos del lado 1, lo que suena es otro asunto bien distinto: "The Magnificent Seven", un funk medio rapeado, con una vocación de pista casi antagónica a los preceptos sagrados de Londres '77. Después, viene "Hitsville UK", una extraña cruza de soul con folk inglés bien sintetizada en el título, donde ni siquiera se distinguen las voces de Strummer o Jones. Y luego sigue "Junco Partner", un reggae sin atenuantes (bien negro). Y "Ivan Meets GI Joe", otro súper funk. Y un rockabilly, "The Leader".

    Así vamos y todavía no terminó el primer lado… ¡de seis! Se irá apilando mucho dub, music hall, pop, calipso, Clash-rock, Clash-pop, gospel y hasta música infantil.

    clash1.jpgLa lista de géneros es impresionante. Aunque tirar un montón de estilos en una bolsa no sea necesariamente meritorio. Lo notable del caso "Sandinista!" es lo bien que suenan esos géneros, la profundidad (esta palabra es muy importante) del sonido de cada uno de esos tracks, con mención especial para la batería del Clash menos valorado: Headon. Hoy, 35 años después, la ensalada genérica es corriente. Pero a principios de los 80 era algo sencillamente inédito y hasta poco recomendable.

    En cada disco, pero sobre todo en “Sandinista!”, los Clash funcionaban como esos hermanos mayores y melómanos que les pasan música a los más chicos, que los educan. “Sandinista!” es una universidad, un gran centro cultural con distintas salas entre las que se puede entrar y salir para asistir a diferentes cátedras. Tiene algo de enciclopedia, pero nada de pastiche. Es más cosmopolita que ecléctico.

    La toma regresa a la habitación adolescente. "Sandinista!" es una bomba. Estos tres luminosos vinilos no cambiarían la historia del rock (de hecho entiendo que no les fue muy bien en ventas), pero definitivamente ampliarían ciertos límites en muchas discotecas. "Sandinista!" tiene ese poder; estalla y abre otros rumbos para todos lados. Dice, por ejemplo, contra los preceptos de la buena conciencia punk, que sí se podía escuchar funk. Un par de años antes, Jones y Strummer (Les Paul y Telecaster, respectivamente) estaban dando guitarrazos a diestra y siniestra, de manera gloriosa. Y ahora, con idéntica aptitud, tocaban música disco.

    Jamás sostuve en mis manos el librito interno (el fanzine Armaggedeon Times 3) con letras y créditos, que sí incluían otras ediciones. No la mía: sólo tenía para mirar la foto de tapa con los cuatro Clash-superhéroes. Del reverso, los títulos de los 36 temas. Nada más. El resto, librado a la imaginación. Había que apoyar la púa y escuchar, tirado en la cama, especular sobre cómo habrían hecho esto o aquello, quién cantaría en tal tema o quién metería teclados en tal otro. Una cata a ciegas.

    Se suele decir que “Sandinista!” sería mucho mejor si simplemente se hubieran elegido los diez o doce tracks más fuertes para redondear un único disco en lugar de tres. Quizás sea cierto. Pero esa actitud desmesurada de publicarlo "todo", esa edición tan exagerada o no-edición, convirtió a “Sandinista!” en una especie de "gran paquete", de acontecimiento, al que se le debía una atención especial. De haber sido uno solo, hubiera “funcionado” mejor en las disquerías, seguro. Pero parece evidente que los Clash, según su sello, CBS, “la única banda que importa”, tenían el impulso (fogoneado por algunas convicciones y cierta soberbia) de decir mucho más. “Sandinista!” no es genial porque “Police On My Back” o “Washington Bullets” o “Somebody Got Murdered” sean canciones perfectas. La misión trascendente, eso que parecen estar esperando los cuatro músicos en el callejón de la tapa, no era sacar un disco de Clash; la misión era "hacer" ¡Clash!

    ¿Sabrán que lo lograron, a pesar de las críticas y hasta burlas que recibió el disco? ¿Estarán satisfechos, al menos los tres que sobrevivieron a Strummer? ¿Hasta qué punto serán concientes de haber participado en ese momento irrepetible en el que un adolescente llega a su casa, solo, cierra la puerta de la habitación, rompe el envoltorio, saca de su sobre el disco de plástico negro, lo pone en la bandeja, empieza a escuchar y ya nunca más vuelve a ser el mismo?