Revisando los archivos de Satélite-in-blog, el directorio editorial determinó que era hora de... un poco de nostalgia y autocomplacencia, sobre todo por aquellos tiempos en los que eramos menos. Sin correcciones ni overdubs, estas cosas pasaban y estas cosas se publicaban en este blog hace (apenas) cuatro años.
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Sep 27, 2005
Great Ball o´Fire: Skatalites en B.A.!!!

¿Cuándo nace un diario? ¿Cómo se empieza a contar un fin de semana inolvidable?
Digámoslo así: miro a mi derecha y veo al Pulga (ex bajo Nuevas Raíces), al Ñato, (de This is ska) y a Luciano, (ex Sombrero Club, DJ, etc). A la izquiera, Ale, de Satélite, Bonetto, de Los Cafres, y Martín Cueto (productor de los shows de Rico en Bs.As. entre otras cosas). Adelante, una docena de brasileños enloquecidos, entre ellos Bruno, responsable de Radiola, el sello que edita a Satélite en San Pablo; Luiz, ex Subtones, actual Trench Town Rockers; Tadeo, skaman, diseñador. Más allá, Muñe, diseñador de la página de Satélite y motor de Butumbaba. Arriba, en el VIP, los veo a Sebolla y Andrés, ex batería y bajo de Satélite (ahora en Ska Beat City, con los que acabo de grabar algo), Manolo, de Nuevas Raíces, Hugo, de Dancing Mood. Atrás, la gente de La De Dios; Dulces Diablitos; Nacho y Milton, sonidista y bajista de Satélite, y el Visón y el Mudo, bajo y batería de Sonora Brixton, Brixtonians y la próxima reencarnación de los mismos. Y Asprila y Skarcha, la marplatense Andrea y tantos, tantos más.
Es decir, antes siquiera que se levantara el telón, el clima era de fiesta total, de gran fiesta de amigos, conocidos y de gente a la que uno no conoce, pero admira o respeta, como poco, o que lo conoce a uno y lo saluda. Y esas cosas.
Estoy hablando de los shows de Skatalites en Buenos Aires, por supuesto. Y si la emoción (no exagero ni creo usar el término livianamente) ya era evidente a las 22:15, imaginen lo que pasó cuando empezó la tradicional cuenta regresiva de Freedom Sounds... A muchos de los que nombré, los vi abrazarse. A alguno lo vi manotear una lágrima en la oscuridad. De verdad.
Si estuvieron ahí, habrán notado, por ejemplo, un grupo de rude boys en el centro del salón armenio, gritando, saltando, bailando a más no poder. Bueno, esos tipos vinieron de Brasil especialmente para estos shows. Tuve el gusto de recibir a siete (!) de ellos en mi casa y de compartir bares con otros tantos (hasta un padre con su hijo!). Gente que lleva tatuado el nombre de esta banda...
Es raro, no? Cuando veo a las fans de Chayenne o como se escriba en la puerta del Sheraton, me parecen... Bueno, no les tengo mucha consideración. Pero cuando tengo estos otros casos de fanatismo bien cerca, no sólo los entiendo sino que simpatizo y hasta me conmuevo.
Claro, Doreen Shaffer no es Shakira. ¿Pero vieron cómo la ovacionaron? ¿Cómo se habrá sentido esta humilde señora, ya bien mayor, que apenas tendría idea de dónde estaba (supongo) y mucho menos sospecharía de cómo la iban a tratar? Muy fuerte...
Y verlo a Lloyd Knibbs tocar como si tuviera 20 años... Qué vergüenza para los que se quejan, se cansan, protestan, no quieren hacer esto o aquello, abandonan...
No hace falta que comente acá los temas que sonaron y quiénes eran los músicos ni si el PA era bueno o no. Lo que realmente fue noticia el fin de semana pasa por otro lado, por las caras de alegría, las sonrisas que vi y que la música me generó a mi también.
Tanto fue así, que el sábado, algunos de los que estuvimos en la armenia, nos reencontramos en un bar cercano y nos quedamos charlando, escuchando, bailando ska y demás hasta las 6 am, por lo menos. Personajes absolutamente diversos, que nos vemos tantas veces y casi nunca hablamos, terminamos en una especia de fiesta de egresados de la Academia Ska & Reggae (con alumnos de intercambio y todo). Increíble.
Déjenme procesar la información y los sentimientos, y quizás les cuente algo más en la próximas horas.
Marc Connolly, mi mejor amigo de la adolescencia, compañero de surrealistas desventuras suburbanas, tenía entre otros hábitos destructivos el de la pirotecnia. Y, mientras encendía lo que fuera, solía entonar estos versos, los que figuran acá arriba, con jovial alegría. Como con casi todo lo otro en que Marc era bueno (robar, leer libros en velocidad, memorizar números de teléfono, pelear), yo nunca me entendí bien con el fuego. Lo puede confirmar casi cualquiera de mis amigos más tardíos, asadores de ley: lejos de incendiar nada, soy buen compañero de conversación junto a las brasas, pero ni siquiera nadie me daría nunca la responsabilidad máxima de la parrilla.
Improvisé (qué otra cosa podría hacer…) una deforme e irracional construcción de ramas verdes y húmedas, carbones solitarios y hojas del diario La Nación, con el agregado de unas cuantas piñas, en las que deposité grandes expectativas por un vago recuerdo de que arden fácilmente. Y rápidamente encendí todo. El desesperado conjunto se apagaba tan rápido como las ilusiones de River últimamente, y lo volvía a alimentar con más ramas verdes y más papel prensa sin mejor utilidad.
Justamente a mí, que había apelado rápidamente y sin vergüenza a una bolsa de vegetal y que ya ostentaba nariz y pómulos negros. Sólo me había faltado rociar la pira con alcohol puro, por el simple hecho de que no lo tenía a mano.