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  • Lisbon cliché (O fado do fin de Edmundo)

    medium_Lisboa07_014.jpgAl final era cierto. Todos esos textos sobre Lisboa, exageradamente poéticos, autocompasivos... Tenían razón de ser, hasta un punto... Leí varios antes de venir y me causaron gracia. Gracia y a la vez una leve indignación porque me molestaba tanta sensiblería cursi y, además, porque no me resultaban prácticos, para nada. Necesitaba saber a qué bar ir, no que me contaran qué tan inspiradora era esta fácil metáfora de ciudad. Pobre Pessoa.

    Pero la verdad es que después de tres días en Lisboa siento que entré en clima, para bien, para mal o para más o menos. A pesar de que me resisto (dirás, sin éxito) a repetir el desacertado esquema pseudoliterario.

    medium_Lisboa07_138.jpgEntre los dos primeros días debo haber caminado seis, siete, más kilómetros. Buena parte del tiempo fui riéndome solo, calculo que de alegría, por lo mucho que me gustaba la ciudad. Tarareaba, por ejemplo, "O fado do fin de Edmundo") y me volvía a reir. Dediqué horas enteras a buscar azulejos y sacarles fotos (viejo, estoy laburando...), algo que sólo podés hacer en un mood especialmente optimista, casi dancing.

    Me causaba más gracia todavía pensar que, con mi excelente humor, Lisboa era el paradigma urbanístico de la melancolía, con el lloroso fado como banda sonora oficial. Lisboa, ciudad triste. Capital mundial del bajón y la poesía ad hoc. Muy gracioso.

    medium_Lisboa07_140.jpgPero, por alguna razón, esta mañana la cosa empezó a cambiar, fue oscureciendo. Al mediodía, ya estaba al borde del (moderado) ataque de pánico. Y a la tarde, temprano, ya era un autonominado controlador de calidad de Sagres, la cerveza local que más me gustó, ahogando incomprensibles penas de bar en bar.

    Hubo dos disparadores aparentes. Uno, la noticia de un viaje que no tengo ganas de hacer, apenas termine este y otro con Satélite. Dos, el concierto que presencimedium_Lisboa07_029.jpgé anoche mientras me perdía a los Skatalites en el Luna Park. Un recital de Mariza, la reina del fado, la sucesora de Amalia Rodrigues, que cantó en el monumental Monasterio de los Jeronimos, en Belem, barrio célebre por unos pastelitos que cuestan 80 centavos de euro y valen un viaje de más del 500.

    Mariza es una figura casi gótica. Flaca, pálida, forrada de negro, con el pelo blanco. Y con una voz... trascendente. Que en el surrealista patio del monasterio adquiría un tono divino. Especialmente en el momento que, ante 500 personas, le dio el micrófono a un asistente y siguió cantanto a capela. No sé nada de fado, pero con Mariza no quedan muchas dudas de qué va esta música. Si para la bossa la tristeza no tiene fin, el fado es entonces un romance mortuorio, sin tanta vuelta ni caipirinha. Es el fin.

    medium_Lisboa07_035.jpgMientras los Skatalites hacían bailar a miles del otro lado de un montón de kilómetros de agua, Mariza nos dejó a todos mudos. A Rashia, la editora india que decía que conseguía harmonios por 50 dólares; a Kovaks, el funcionario húngaro con el que intenté hablar en ruso y fracasé miserablemente en la segunda oración.

    El último momento de humor fue en la incomprensiblemente larga cola para el baño. Detrás mío estaba el tipo que inventó y factura millones con Expedia y otros emprendimientos internetísticos. Le dije "Mañana voy a poner un comment sobre esto en TripAdvisor" (que es suyo!). Y me contestó, con fingido tono de blogger novato: "¡Gracias! Cada entrada nos ayuda muchísimo!" Debe entrar un millón de personas al día en TripAdvisor. Cómo no me di cuenta que era el momento justo para proponerle intercambiar links.

    medium_Lisboa07_239.jpgPero eso fue ayer, hace mucho, y hoy las cosas están así: Lisboa volvió a ser Lisboa, las agujas del reloj del portuario British Bar, frente a la plaza Duque da Terceira, corren alrevés, el saco ya es un trapo impresentable y vuelvo del baño y veo que dejé la billetera sola arriba de la mesa, junto a la lapicera y el bloc de "Turismo de Portugal", y por suerte sigue ahí.

    http://www.mariza.com/

  • Tomando un pase en el centro umbanda

    “La verdad es sólo una, pero es mejor cuando está bien perfumada". Eso decía la mai mientra me tomaba un pase la otra noche. Era el momento culminante de mi primera visita a uno de los muchos centros umbanda de la ciudad de San Pablo.

    medium_umba1.jpgPero ojo, no se entusiasme, amigo, "tomar un pase" en un centro umbanda significa algo distinto de lo que quiere decir, por caso, en los camarines de rock o, por qué no, en los baños del Congreso de la Nación argentino. Tomar un pase en estos lugares es someterse a una especie de baño express, de limpieza espiritual al paso.

    Vaya y pase. Lo tomé justo después de un rito o "gira" de una hora en el que participaron unos cien "umbandas" producidos a full (trapos colorados, bijou de caracoles y otros souvenirs bahianos) más unos pocos menos "espectadores" entre los que calculo que habría algunos devotos y otros no tanto, pero siempre curiosos y atentos.

    La cosa es que mientras decía que la verdad era mejor perfumada, la mai, de unos cuarenta y largos, blanca, me frotaba con una especie de agua bendita que por cierto olía muy bien. Primero, las manos; después los brazos y finalmente el pecho y la cabeza. Pero más que el perfume y mucho más, pero mucho más que la limpieza del espíritu, lo que sentí en el momento fue mi propio nerviosismo. Racional, devotamente escéptico, si hay algo en lo que realmente tengo fe es en el pánico escénico que experimento en las más variadas ocasiones. Y esta, sin duda, era una de ellas.

    medium_umba2.jpgPensaba particularmente, desde el momento que entré en el templo, en la posibilidad de que un imperfecto desconocido, con un sombrerito raro y una mirada penetrante, se me acercara y me acusara públicamente de no tener motivos serios para estar allí y, peor que peor, de traer una energía negativa a la casa.

    Cuando eso no sucedió, también temí constantemente hacer algo "fuera de código" para la situación. ¿Estaría bien sonreir o se podría tomar como una falta de respeto? ¿Cuando todos aplaudían, si yo no lo hacía sería un desprecio? ¿Cruzar los brazos sería una inequívoca señal de rechazo? ¿Ponerlos a los costados del cuerpo se vería como un burdo engaño? En fin, las típicas dudas del fraude que teme ser desenmascarado en cualquier momento (por qué tendré esta sensación tan seguido, y sin necesidad de ir a un templo umbanda...)

    Ese sentimiento se intensificó al estar con la mai: no podía dejar de pensar que ella percibiría mi "mala onda", al menos en términos umbandísticos, y que hasta podría sorprenderme con un inexplicable reclamo por perder el tiempo haciendo un blog-cero espiritual o por haberle mentido por figuritas a un amigo en la escuela primaria. Finalmente, me ponía nervioso en especial la posibilidad de que la mai notara mi... nerviosismo, en algo así como un feedback de nervios sinfin.

    Pero nada ocurrió. Aunque sí es cierto que en otros "pases" ví mais y pais mucho más efusivos, alegres y celebratorios con sus "pacientes" que en el mío. Todo bien, no necesitaba más.

    Justo hasta esa noche, las "giras" se llevaban a cabo en este centro todos los lunes. Pero entonces anunciaron que se llevarían a cabo sólo dos lunes al mes. Habría unas 200 personas participando, aunque un cartelito indicaba que la capacidad era de 150 (sin contar los espíritus). Ahora, para un país con una significativa población negra, hay que decir que la concurrencia negra acá (un rito africanista) era muy poco significativa, tanto del lado de los pais, las mais y los iniciados en general, como de los debutantes. ¿Será que, al menos en San Pablo, el africanismo es un lujo burgués?

    medium_umbanda3.jpgLa casa estaba en el Centro paulista, aunque cerca del barrio tradicionalmente judío de Higienopolis. De afuera, no decía nada. Pero por una ventanita, te saludaba (y analizaba de arriba abajo) un umbandista digamos más grande que sus compañeros, aunque igual de sonriente.

    Lo primero que conté, lo del pase, en realidad fue el final. La gira comenzó cuando se abrió el telón (evidencia de cierta conciencia de espectáculo) que separaba a los umbandistas "pro" del "público" . Entonces los primeros empezaron a cantar algo así como unos estribillos que nunca terminé de comprender completamente, pero que no me sonaban muy diferentes (aunque sí infinitamente más repetitivos) que los de un coro católico apenas progresista.

    También fueron arrancando con los tambores, sólo en manos de los que parecían ser líderes del asunto, más próximos a una suerte de altar. Y todos iban bailando cada vez más. Y unos pocos, serían unos tres o cuatro, en un momento, bastante temprano, parecían entrar en trance. Bueno, no parecían, entraron en trance, salvo que tuvieran serios problemas psicomotrices, que me parece que no era el caso. Los demás sonreían y festejaban que sus amigo estuvieran poseídos (eso es lo que se supone que pasa).

    Mi amiga Carol, que frecuenta este tipo de lugares y que dice que le hacen bien (y que dice que con este centro está todo en orden porque es "bien blanco"), me preguntó si tenía miedo. Ese es el tipo de preguntas a las que uno responde siempre con un no y una sonrisa segura, aunque la esté embarrando más al mentir a tan pocos metros de los dioses. Como para no sentirse un poco raro: la misma Carol me confesó que nunca había visto lo que pasó esta noche. Resulta que no sólo entraron en trance los pais, sino que también lo hizo uno del "público". Era un tipo que estaba cerca mío (todos estábamos cerca de todos). Rubio, pelo largo de rulos, petizo y regordete, con rasgos como de... ex travesti! Un tipo bien particular, que a los 15 minutos de comenzada la gira, empezó a bailar como loco sin que nadie pudiera pararlo. Otros dos umbandistas que quizás se dediquen también a la capoeira lo rodearon para que no pateara a nadie y lo fueron calmando, como se para una rueda de camión que gira sobre si misma, firme cautela. Ya quieto, el ex travesti se largó a llorar.

    Ya sintiéndo mucho mejor persona (??), esperé en la vereda que me pasaran a buscar otros amigos paulistas que jamás fueron a una gira y que no les interesa el tema en lo más mínimo. Nos fuimos a la que, dice, es la mejor tratoria de San Pablo: Jardins di Napoli. Comimos pastas como poseídos por espíritus de marineros genoveses. Como decía el cura de mi barrio, después de la mística lo que viene generalmente es la mástica.

    (Nota: las fotos son sólo ilustrativas, no corresponden a esta gira en particular)