Me pasó el otro día. De vuelta del trabajo, era de noche, hacía mucho frío y tenía que buscar a mi hijo de tres años y medio por casa de su abuela para llevarlo a la mía. Estaba enfermo y cansado (él), así que lo bajé alzado por las escaleras de la estación de subte. Viajamos unas diez estaciones, lo máximo que la línea D puede acercarme y tomamos un taxi a unas 20 cuadras, o algo más, del destino final. “Oh, no…”, pensé cuando vi que el tachero venía escuchando un programa llamado “Baladas en Radio Disney”, o algo así.
Aunque era un tramo muy corto, a la mitad del viaje me di cuenta de que no tenía mucha plata. Me puse a contar billetes y monedas y llegué a la conclusión de que el efectivo no me alcanzaría para todo el viaje. Entonces le dije al chofer que mejor nos dejaba allí mismo, a unas seis cuadras de casa. Sonaba en la radio una canción de Jorge Drexler, creo, que dice algo así: “Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da”.
Cuando ya le había pagado, usando hasta los últimos centavos, el tipo me interroga: “¿Te puedo preguntar algo? ¿Vos te bajás acá porque realmente te viene bien o porque no te alcanza plata para ir hasta donde me dijiste antes? Porque si no te alcanza mirá que te llevo igual, eh”.
Me tomó desprevenido. Inventé: “No, gracias, pero nos bajamos acá así paso antes por lo de mi suegra; sí, acá me queda mejor. Pero gracias, eh, mil gracias…”
Me bajé rápido, con dos bolsos y el niño casi dormido, en brazos. Hacía todavía más frío que antes, pero yo tenía calor y pensaba por dónde caminar para no cruzarme con el taxi y verme en una situación lastimosa… para mi orgullo. Sonará cursi, probablemente porque lo es, pero la verdad es que mientras caminaba rápido, tarareaba “Cada uno da, lo que recibe…”
