(Publicado en adn, suplemento cultural de La Nación, la semana pasada)
"Hay un mago argentino, René Lavand, que hace maravillosos juegos con naipes a pesar de haber perdido su mano derecha. Pero semejante handicap no se iguala con el del alemán Matthew Büchinger (Anspach, 1674), que no tenía ni manos ni pies. Pese a ello, se convirtió en el mago más famoso de su época. Era capaz de tocar una docena de instrumentos musicales, de bailar a su modo y de lucirse con sus carambolas cuando jugaba al billar. Asombraba al público con sus trucos de cartas, dados, cubiletes y bolas. Lo que quedaba de él medía medio metro, pero por sus habilidades era muy codiciado por las mujeres. Se casó al menos cuatro veces y fue padre de, por lo menos, once hijos.
Büchinger era, además, un refinadísimo micrógrafo. Si se mira con lupa su autorretrato a plumín, realizado en 1724, se ve que su peluca a lo Juan Sebastián Bach estaba formada no por pelos sino por palabras. En ella se puede leer el siguiente poema: "A simple vista, es una larga cabellera rizada/ mas se convierte en letras ante una atenta mirada/ pues un doble fin persigue el hábil artista:/ a un tiempo complacer y confundir la vista". ¿No es, acaso, un breviario acerca de la misión de todo mago?
Matthew actuó frente a muchos reyes de las diversas regiones germanas y varias veces ante Jorge I de Inglaterra. Murió en Cork, Irlanda, en 1732."
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También los nazis tuvieron su mago. Fue Helmut Ewald Schreiber (1903-1963), llamado Kalanag. El significado de este nombre, tomado de los cuentos de Kipling, parecía una confesión: "serpiente blanca". Durante la Segunda Guerra Mundial, Kalanag estuvo asociado con miembros del partido, incluidos Goebbels, Goering y el mismísimo Hitler. Era el presidente del Círculo Mágico Alemán en tiempos de la guerra y daba funciones para los jerarcas. Después de la caída, consiguió reciclarse mágicamente y recorrió varias veces Estados Unidos con su espectáculo. Llegó a actuar en televisión, en el icónico show de Ed Sullivan.
Sólo de vez en cuando alguien le echaba en cara su pasado. Esto ocurrió, por ejemplo, en Detroit, en 1957, cuando una organización judía distribuyó panfletos entre los que acudían a ver la función de Kalanag. Casi nadie entró en la sala. Cuando le preguntaban, él negaba haber sido nazi alguna vez, y explicaba así sus relaciones con Hitler. "Me invitaba, y sabe usted lo que pasaba si uno rechazaba esas invitaciones..."
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"El Gran Lafayette murió en Edimburgo, en 1911, cuando se prendió fuego en los cortinados del escenario donde actuaba. El público, los asistentes y el propio Lafayette escaparon sin problemas, pero mientras miraba el incendio del lado de afuera, Lafayette se dio cuenta de que adentro habían quedado atrapados su león Prince y su caballo Arizona. Desesperado, volvió a entrar para rescatarlos, pero ya no salió.
Chung Ling Soo (William Ellsworth Robinson, 1861-1918) murió en escena al ejecutar su truco del condenado. Siempre atajaba las balas con un platito de metal, pero esas balas eran de fogueo. Las reales, que mostraba al principio del show, se ocultaban en un compartimiento secreto del fusil con que le disparaban. Sólo que por fatiga del material el compartimiento se fue expandiendo y una noche la bala fue de plomo. Atravesó platito y mago y fue a incrustarse en la pared. Se recuerdan aún las últimas palabras de Chung: "¡Dios mío, algo ha salido mal! ¡Bajen el telón!"."