Miguel, dueño de un bar que frecuento más de lo aconsejable, me contó que esta semana se va a vivir a Salta. Le ofrecieron un trabajo y en pocos días lo decidió. Y se va. Probará dos meses y luego, si todo anduvo bien, su mujer y su hijo se mudarán también allá. El bar ya tiene como seis años y no anda mal. La mujer de mi amigo tiene un muy buen trabajo en Buenos Aires. El nene ya está en la escuela y tiene sus amigos. Pero igual se van. Quieren vivir más tranquilos, con menos stress. Salta parece una buen opción.
Cada tanto alguien me cuenta que se va. O conozco a alquien que "se fue" alguna vez y que no anduvo mal. Bastante seguido me toca encontrarme con gente que dejó una ciudad, a veces esta en la que estoy yo, para instalarse en una playa o en la montaña o en el monte, para cambiar de vida.
Invariablemente, esas historias me hacen pensar en la posibilidad de encarar algo así. En los posibles beneficios. En las pérdidas. Generalmente me queda cierta admiración con un toque de envidia por esta gente. Me gustaría desprenderme, renunciar. Pero me cuesta. No me resulta fácil siquiera vender un disco que nunca escucho ni discontinuar el blog que hago (o siquiera mudarlo de plataforma a una mejor!). Mucho menos se me da por cambiar de trabajo, desarmar una banda ni mucho menos abandonar Buenos Aires.
No lo digo con orgullo sino con resignación. Porque, también por cuestiones laborales, me toca apreciar muy seguido las bondades de la vida sin contaminación, sin ruido, sin apuro... Y, sin embargo, no lo veo muy posible.
Ya fui inmigrante una vez y de prepo, por razones familiares. Después, quise volver a serlo, pero justo algo me retuvo en Buenos Aires. Y me quedé para siempre. Nunca dejé de pensar que el hecho de casi no haber estado acá durante la adolescencia tuvo un "costo social", leve, pero costo al fin. Así que no es que piense que la única salida de esto está en Ezeiza, para nada.
Igual, cada vez que, como mi amigo ahora, alguien me cuenta que "se va", tengo ganas de seguirlo; me parece la mejor idea del mundo. Y al mismo tiempo me suena a aventura fantástica, totalmente fuera del alcance de una persona normal, común y corriente. Para mí el que se va no es ningún cobarde. Al contrario: irse es una prueba de fortaleza, de renunciamiento. Eso me parece a mí, al menos, a la distancia, pensando en las empanadas salteñas que me voy a comer con Miguel quizás en algunos meses...