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  • Papá Ronnie - segunda parte

    La etapa solista como Ronnie Montalbán vino enseguida después de Los Tammys. No sé en qué términos fue la separación, pero tengo una foto de promoción de la banda, ya con el reemplazo de mi viejo y con el nombre Los Tammys Twist, en la que alguno le escribió la frase “Ya no estamos más juntos”. Con Ronnie Montalbán intentó aprovechar lo que había generado con Los Tammys y, de entrada, no le fue mal. Sí sé que después le fue mal con unas versiones de los Beatles en castellano. Serían malas las traducciones o habrá pensado que cualquier pelotudés que hiciera iba a garpar, pero se lo comieron los tiempos; llegaron Litto Nebbia y otros que marcaron otro camino, más comprometido. Digamos que él no puso el final sino que el final se le vino. A los 24 años ya había largado la música. Mis viejos se separaron antes de que yo cumpliera dos años. Por boludeces, por falta de cintura para manejar una situación familiar. Cometieron un gran error: cuando se casaron, vivieron en una casita contigua a la de una tía de papá. Desconocieron esa ley no escrita que dice que si te casás no tenés que vivir con parientes de ella ni tuyos. En un momento, mi viejo se quedó sin laburo y mi tía, que nunca se llevó bien con mi vieja, de algún modo exprimió el mal momento anímico en contra de ella. Hasta que mamá no se lo bancó más, me agarró y pegó la vuelta. Papá, tal vez orgulloso, lamentablemente no supo decir “bajo un cambio y salvo a mi mujer”. Se enfrentaron las dos familias y fue Bosnia… Creo que lo primero que hizo después fue vender autos. Se la rebuscaba. Siempre fue de trabajar por su cuenta y no por un sueldo. Más tarde dedicó un tiempo importante a la construcción. Si bien no era arquitecto, aprovechaba lo que sabía, trabajaba y el plano lo firmaba otro. En un tiempo construía piletas, quinchos, parrillas, sobre todo en quintas del Gran Buenos Aires. Así llegó a poner una inmobiliaria, Siglo XX, en la calle Chilavert, en el límite de Lugano y Mataderos. Ahí tenía una secretaria, Elsa, una morocha muy linda, unos diez años menor que él, con la que se enganchó y eventualmente se casó. La verdad es que ella lo quiso mucho a mi viejo y lo bancó en las malas. No vivía mal, tenía una buena posición. Se había comprado un chalet en Ciudad Evita con quincho y pileta, sobre la que había puesto un plafón de mercurio, como los que hay  en la calle, para poder nadar  a cualquier hora. Tenía un gran living alfombrado, sin muebles, sólo con almohadones. Sus amigos venían, se sacaban los zapatos y escuchaban música ahí tirados. Y, por ahí, a las 3 de la mañana se tiraban a la pileta.

     

    A papá le gustaba el alcohol, un poco por tradición familiar, pero nunca lo ví en pedo. Adonde fuera tenía su traguito: en el cuarto, en la cocina, en el living, siempre había una botella de ginebra. Más allá de todo esto, era ordenado y prolijo, tanto en con su casa, como con las cuentas o con su estado físico. Y conmigo era muy responsable: nunca me maltrató. En realidad tampoco maltrató nunca a mi vieja. Es curioso porque no tengo registro de mis viejos discutiendo. Quizás hasta tenga mejor imagen de ellos juntos que muchos hijos de padres que no se separaron… Nunca los ví discutir y uno siempre me hablaba muy bien del otro. En 1979 o 1980 a mi viejo le llegó el momento de hacer su gran a apuesta. Se fue a Brasil por la situación difícil de la Argentina (no política sino económica) y, con socios de allá, armó un grupo inversor. El plan era comprar una parcela de playa en un lugar llamado Araranguá, en el estado de Santa Catarina, y construir 150 cabañitas alpinas de tres y cuatro ambientes para venderlas. Vivió un par de años ahí, en un hotel llamado Maluco Palace, aunque venía a Buenos Aires constantemente y varias veces me llevaba con él para visitar las obras. Tenían listas 20 o 25 cabañitas cuando sucedieron dos cosas en la Argentina: el golpe inflacionario y la devaluación del ministro de Economía Lorenzo Sigaut.  Mi viejo ya no se pudo manejar en dólares. Tenía todo puesto en compras y sólo había hecho ventas a crédito, por cobrar, así que la poca caja con la que podía contar se acabó: se quedó sin resto, la inflación se lo comió. Los socios brasileños se abrieron de gambas y se fundió. Volvió en pelotas. Tan mal que tuvo que abandonar el auto en el aeropuerto de Brasil. Y acá ya nunca se pudo recuperar.

    (continuará...)