A papá le gustaba el alcohol, un poco por tradición familiar, pero nunca lo ví en pedo. Adonde fuera tenía su traguito: en el cuarto, en la cocina, en el living, siempre había una botella de ginebra. Más allá de todo esto, era ordenado y prolijo, tanto en con su casa, como con las cuentas o con su estado físico. Y conmigo era muy responsable: nunca me maltrató. En realidad tampoco maltrató nunca a mi vieja. Es curioso porque no tengo registro de mis viejos discutiendo. Quizás hasta tenga mejor imagen de ellos juntos que muchos hijos de padres que no se separaron… Nunca los ví discutir y uno siempre me hablaba muy bien del otro. En 1979 o 1980 a mi viejo le llegó el momento de hacer su gran a apuesta. Se fue a Brasil por la situación difícil de la Argentina (no política sino económica) y, con socios de allá, armó un grupo inversor. El plan era comprar una parcela de playa en un lugar llamado Araranguá, en el estado de Santa Catarina, y construir 150 cabañitas alpinas de tres y cuatro ambientes para venderlas. Vivió un par de años ahí, en un hotel llamado Maluco Palace, aunque venía a Buenos Aires constantemente y varias veces me llevaba con él para visitar las obras. Tenían listas 20 o 25 cabañitas cuando sucedieron dos cosas en la Argentina: el golpe inflacionario y la devaluación del ministro de Economía Lorenzo Sigaut. Mi viejo ya no se pudo manejar en dólares. Tenía todo puesto en compras y sólo había hecho ventas a crédito, por cobrar, así que la poca caja con la que podía contar se acabó: se quedó sin resto, la inflación se lo comió. Los socios brasileños se abrieron de gambas y se fundió. Volvió en pelotas. Tan mal que tuvo que abandonar el auto en el aeropuerto de Brasil. Y acá ya nunca se pudo recuperar.
(continuará...)