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  • Crónicas salteñas

    1.  Vamos a los saltos en la parte de atrás de una camioneta del pueblo de San Isidro al pueblo de Iruya, en Salta, no lejos del límite con Jujuy, a unos 70 kilómetros de Humahuaca. Vamos a los saltos entre ripio, piedras más grandes y unos hilos de agua a los que acá se conocen como "ríos", entre montañas de mucho más que las míticas siete tonalidades de la provincia vecina. "Sacamos un folleto con el Cerro de los Diez Colores y los jujeños se van a querer morir", festeja Juan, el chofer salteño.
    medium_Iruya_a_San_Isidro_3.jpgLevantamos primero a un tipo de unos cuarenta años, probablemente menos, de pelo largo atado, jeans, un bolso lleno de instrumentos autóctonos y un acento que denota una larga temporada en Buenos Aires. Después subimos a una turista rubia, de unos cincuenta, que salió a caminar, se cansó y encontró en nosotros la oportunidad de llegar a algún lado antes de la noche.
    Los tengo delante, porque voy mirando atrás, y ellos, el coya y la rubia, enseguida ponen en escena un diálogo de esos que los directores ansiosos meten en el medio de una película para hacer más obvio su mensaje, con el costo de arruinar la historia.
    La mujer protesta porque vino de vacaciones y no puede creer que no haya ningún lugar donde, por la noche, la gente "toque la guitarra". El músico no disimula su molestia y le responde que acá, en Iruya, no se toca la guitarra, se tocan otros instrumentos. Ella insiste; bueno, dice, "que toquen algo", como quien pagó el pase de Disney y no puede creer que el ratón Mickey no aparezca por ningún lado. El tipo, un grado más incómodo todavía, da vuelta los ojos y le explica, sin tono de que le importe que lo entienda: "Mire, no estamos acá para ponernos a cantar cuando ustedes llegan, no es así".
    Como espectador de esta pequeña representación sobre la incomunicación entre blancos y aborígenes, no puedo creer que la rubia no acuse los golpes. Y eso que retrocedo unos minutos y tengo que admitir que yo no estoy muy lejos de la señora: cuando ví los instrumentos, lo primero que le pregunté al músico fue si iba Iruya para venderlos. Me dio bastante vergüenza que me devoliera un vengantivo "soy maestro de música..."
    Decía que quizás la rubia no acusa los golpes porque él le habla sin mirarla, con la vista en el piso demedium_Iruya_camino_a.jpg la camioneta o en los cerros o en mis zapatillas, no sé. Lo mejor es que cuando ve que ella no recibe el mensaje, cambia de estrategia y sorprendentemente se pone conciliador, aclarándole que en realidad ellos están en otra etapa, que todavía su gente no comprende bien esto del turismo, que no está muy preparada, pero que ya llegará el momento. Ni siquiera así la rubia está conforme.
    Después, me contaron que el coya aparece en el documental "Río arriba", de Ulises De La Orden, que están pasando en el Malba ahora y que vale la pena ver para conocer lo mal que la pasó la gente de este lugar.


    2.  Parece que hace algo más de un año llegó a Iruya un grupo de chicos de San Isidro. Alquilaron una casa, se instalaron, empezaron a recibir más gente ahí y hasta se pusieron a oficiar de guías de trekking por la zona. En este pueblo de 1200 habitantes, aislado de casi todo, hacían fiestas hasta tarde, "musicalizaban" las noches con cosas que jamás nadie había escuchado por ahí (¡quizás Satélite Kingston!)... Finalmente los echaron. No me explicaron bien cómo, pero lograron que se fueran. Los recuerdan como los hippies, drogados; los describen gesticulando para dar a entender que tenían dreads. Una de las razones por las que los chicos estos no le caían bien a nadie es de lo más curiosa: "La gente grande de acá se pone mal cuando hay personas semidesnudas; nosotros somos muy discretos, nos tapamos todo; acá es difícil aceptar que anden sin ropa o que se tiren a tomar sol...", dicen, palabras más, palabras menos. En general, menos.
    Estos tipos deben estar contando que vivieron toda una aventura, tipo DiCaprio en "The Beach" (perdón por la cita intelectual), en Iruya. Que encontraron el paraíso perdido en el NOA, el lugar más especial del mundo. El "Nepal de Argentina", como me dijo una chica. Tan exótico que no lo entenderías, vos que trabajás todos los días en el centro...medium_Iruya_camino_a_4.jpg
    Pero resulta que la realidad fue otra: en Iruya nadie sabe qué significan los dreads (bueno, igual que la mayoría de los que los usan en Buenos Aires) y no les caen necesariamente simpáticos.