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  • Ahora todos van a leer tu remera # 5. Infierno en la torre: la caída de Tower Records

    En las últimas horas de 2014, un vecino de la zona bonaerense de Florida, Vicente López, encontró a metros de su casa, entre los escombros de cierto volquete herrumbroso, una caja de cartón lo suficientemente abierta como para dejar ver su contenido: cientos de bolsas plásticas amarillas con un logo rojo. Cuarentón y melómano, el vecino supo inmediatamente que se trataba de una partida (jamás utilizada) de aquellas bolsitas tamaño CD características de las extintas disquerías Tower Records. Por unos segundos, su corazón se atolondró casi a 45 rpm ante la remota chance de que el contenedor ocultará otra mercadería sobrante de aquellos locales. Pero nada más apareció, sólo bolsas amarillas con letras rojas.

    tower2.JPGEsto ocurriía ocho años después de la despedida definitiva de la cadena norteamericana con presencia en medio mundo, incluida la Argentina, donde alcanzaron a abrir (y muy pronto cerrar) cinco tiendas. Porque en 2007 se acabó Tower. Al que diga que en realidad la firma todavía despacha discos por Internet, le repito: se acabó. A fines de diciembre, de aquel año, Towers por todo Estados Unidos iniciaron la cuenta regresiva hacia el inexorable stop y eject. Con lo que no se apagó una compañía ni una marca sino una era. Algo que ya se percibía desde antes, pero que hasta el fatídico 12/07 no habíamos experimentado tan brutalmente, en toda su dolorosa contundencia. O por ahí soy yo, no sé.

    Tower fue fundada en 1960 en Sacramento, California, por un tal Russ Solomon, que usó el nombre de la farmacia de su padre y se ve que le trajo suerte porque a los siete años iba por el segundo local, en San Francisco, y de ahí ya no paró, por décadas. Con el tiempo la expansión llegaría hasta Malasia, Irlanda, Filipinas, Israel, Colombia y una inexplicable nación al sur de Paraguay. Hasta que en 2004 la cadena se declaró en quiebra, sumergida en una crisis hija de factores varios, como las bajadas de discos vía web, que cualquiera que haya leído hasta acá conoce de memoria (y hasta habrá contribuido alegremente a acrecentar).

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    Tower se posicionó efectivamente como la cadena que lograba resolver la (¿falsa?) tensión entre mercado masivo y especialización y, por qué no, amor por la música; vaya exótico concepto. Es decir que promocionaba y facturaba decenas de miles de discos híper taquilleros, pero al tiempo ofrecía completas selecciones de géneros "menores" como jazz, world music, punk o ska.

    Su slogan era "No music, no life". Venía impreso en las remeras negras que regalaron en Buenos Aires en 1997 para conmemorar la inauguración del Tower en Santa Fe y Riobamba, casi justo frente a uno de los mayores Musimundo porteños, por entonces su archirrival. Aún atesoro esa remera negra con un dibujo bastante raro: cinco cohetes espaciales, amarillos, con punta en forma de ojo, que parecen haber despegado de la luna con rumbo a, quién te dice, el Tower de Santa Fe y Riobamba. Qué significará eso junto a la frase “Sin música no hay vida”, nadie lo puede saber. En la manga derecha se lee “Tower Argentina”. La etiqueta de la prenda reza Lee-Chi, o sea el emprendimiento postmusical del ex bajista de Los Brujos. ¿Cuántas de estas piezas quedarán en circulación por ahí?

    tower.JPGAquel primer megastore fue una apuesta de los propios yankees con un socio local, el rico y famoso Eduardo Costantini. Pero, visionario, Costantini se retiró del asunto apenas un año después. El actual dueño del museo Malba e inventor de la ciudad-country Nordelta le vendió su 50 por ciento a los americanos por cinco millones de dólares. Pongamos que saltó del barco antes de golpear el iceberg mientras la tripulación, determinada a resistir a bordo, le entregaba todo lo que tenía en la billetera. Igual, lo hizo con buena onda y, mientras se despedía, se tomó unos minutos para hablar con el diario La Nación: “Este proyecto hay que mirarlo a 10 o 20 años”, dijo a escasos cinco veranos de la irreversible bancarrota, conciliador y secretamente aliviado.

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    Algunos recordarán la nutrida batea de reggae, por ejemplo, en la primera etapa del Tower de Barrio Norte, en la cumbre de la “pizza con champagne y discos importados”, de aquellos entretenidos noventa en los que un peso se cambiaba por un dólar. Frecuenté ese Tower y también el de Florida, escalera mecánica abajo; no tanto el de Recoleta ni el de Belgrano ni el de Pilar. Pero a mí el logo rojo me devuelve más bien a esa sensación de tarde post colegio secundario, caminando solo, dos cuadras y un extenso estacionamiento bajo el sol de la siesta (bueno, a veces sobre la nieve) desde casa por Greensboro Drive hasta Leesburg Pike, donde esperaba uno de los mejores Tower en Estados Unidos y el universo, el de Vienna, Virginia, suburbios de Washington DC. Ahí podía desperdiciar horas, la gran mayoría de las veces sin comprar nada. Los CD ya ganaban más terreno, pero yo me dedicaba a los vinilos, en particular a la sección “Import”: los iba pasando con los dedos, uno por uno, y contemplaba las maravillosas tapas de Specials, Crass, Dead Kennedy’s, Bauhaus y de algunas cosas que hasta hoy no escuché, pero cuya gráfica conocía de memoria.

    Inexplicablemente, al llegar a ciertos discos que ya poseía, frenaba. Levantaba con las dos manos, por ejemplo, "London Calling", y me quedaba contemplando, como si me pagaran para controlar que la noche anterior nadie hubiera ingresado clandestinamente al local y hubiese alterado el orden alfabético de la mercadería o tachado con marcador indeleble los títulos de las canciones en alguna contratapa.

    Cada día que volvía a casa con una bolsita amarilla, letras rojas, más o menos cargada, ése era el mejor día de mi vida. Ahí embolsé "Sandinista!". Y "Machine Gun Etiquette", de The Damned, seguro uno de mis vinilos más queridos. Y el enorme, enorme, enorme, compilado punk “Burning Ambitions” (doble, tapa paródica del “Sgt Pepper”), mucho Wax Trax, algo de ska, “Bossanova”, de Pixies, “Bad Moon Rising”, de Sonic Youth, mucho Dischord... A esos discos, la buena gente de Tower los metía en sobres de una especie de celofán grueso cerrados con un sticker redondo, amarillo traslúcido; eran lo máximo.

    Pero si no adquiría nada y era, por ejemplo, el primer jueves del mes, no importaba porque sin gastar una moneda podía agenciarme el City Paper (notable diario gratuito local con toda la información de shows, muestras de arte y más), la Pulse (excelente revista gratuita de Tower, con muy buena información) y los volantes de recitales de la zona. Lecturas que, por apenas unos dólares, se complementaban estupendamente con MRR, Flipside, Reggae Times, Propaganda, The Big Takeover y tantas otras revistas y fanzines.

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    Después tuve mucha suerte y conocí una veintena de Towers en diversas locaciones. Seré pobre, pero me recibí de Tower-experto global, aunque mi nivel de compras sea bajísimo en relación con la impresionante cantidad de horas invertidas entre sus bateas. La última Tower-compra fue casualmente en aquella disquería de Vienna, en su agonizante octubre de 2007. Un CD de The Beat, otro de Agent Orange, y dos DVDs para regalo, Social Distortion y George Harrison. Llevé todo a la línea de cajas, donde me atendió un adolescente punk con el pelo violeta. Violinista del Titanic, sonrió, me felicitó por la selección y me preguntó ahí nomás qué disco de Agent Orange le recomendaba. Como en muchas otras cadenas, me ofreció la tarjeta de descuento Tower. Le expliqué que no tendría demasiadas oportunidades de usarla, así que sólo me serviría si el descuento se aplicaba a esa misma compra. Me respondió que no, que corría a partir de la próxima, pero, en fin, no había por qué ser tan estrictos, ¿no? Y me otorgó un 10 por ciento de descuento, de onda. ¿En Estados Unidos? ¿En un megastore? Sip.

    Que quede claro, esto no es un lamento por Tower. En todo caso, va dedicado a las disquerías en general. A las buenas disquerías. Muchas de ellas, más bien pequeños negocios atendidos por obsesivos y antipáticos dueños, a su tiempo incluso jaqueados por el gigante de las bolsitas amarillas. Algunas, como la heroica Other Music (en la cuarta y Lafayette, Manhattan), sobrevivieron a monstruos de varios pisos que las desafiaban apenas del otro lado de la calle. Other Music hoy sigue vendiendo más o menos lo de siempre en el mismo sitio. Del Tower, en la cuadra sólo persiste una enigmática señal wi fi con ese nombre, acaso de algún vecino gracioso, quizás de un router olvidado en una habitación vacía.

    Tampoco es este un arranque nostálgico. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" siempre me remite inmediatamente al Holocausto y, más acá, al Proceso. Sólo me acordé de esas tardes de disquería, cuando el tiempo quedaba suspendido y uno terminaba saliendo a la calle mareado y el ruido de los autos lo aturdía y hacía cuentas para ver cómo se las arreglaría para pegar tantos, pero tantos discos. En mi caso, al final Tower murió mucho antes de que lo consiguiera.

  • Sumo no problem: Luca, el reggae, los rastas y la basura blanca

    Seguro se enteraron, en el Museo de la Lengua, dependiente de la Biblioteca Nacional, sobre la avenida Las Heras, se inauguró hace unas semanas una muy buena e inédita muestra sobre Luca Prodan, con abundante memorabilia aportada por Andrea, el hermano, y distintas lecturas multimedia a partir del arte del Sumo cantante.

    El Museo está cerrado durante enero, pero la muestra se podrá seguir visitando en febrero y marzo.

    Como parte de la exposición, llamada "El sonido y la furia", el Museo imprimió un kit muy interesante: un sobre, como los que acaso Luca le envió con correspondencia a su flia en Italia, con postales, un fanzine con algunos breves textos, un mini poster, unos lentes troquelados como los que usaba el hombre y hasta un pin alusivo. Miren qué bueno:

    luca.JPG

    Cuentan que la muestra es todo un éxito de convocatoria. Del mencionado kit, coleccionable mal, se agotaron las primeras 3000 copias y ya se reimprimieron 3000 más. Traten de conseguirse uno. Entre los textos publicados, con autores como Horacio González y Daniel Riera, se cuenta un ensayito medio chambón, producción de la casa (Satelite in Blog), particularmente enfocado en la relación de Prodan con el reggae, Jamaica y los rastas, cuándo no. Y dice así:

    A lo Sumo, Luca

    Irreverente, excéntrico, intenso, “auténtico”, rockero en el sentido más… rockero. Luca Prodan ha sido caracterizado suficientemente desde muchos costados de su compleja personalidad. Pero no tan seguido se lo rescata también como el atento melómano que era, responsable de importar información preciosa y determinante para el devenir del rock argentino a partir de los ochenta. Por algún motivo, la música a veces no está tan presente en sus evocaciones.

    Basta con revisar algunas entrevistas de mediados de aquella década para redescubrir un marco cultural-pop sensiblemente más amplio de lo que marcaba la época en la escena o las escenas locales por la entonces nueva democracia. Le ponían delante un grabador con un TDK D-60 y Luca se mandaba a hablar de punk, rock progresivo italiano, reggae, Van Der Graaf Generator, Leonard Cohen, Damned, Captain Beefheart, Johnny Moped, Roxy Music, Lou Reed o marchas escocesas.

    Toda esa discoteca, por supuesto, pesaba también al componer, tocar y grabar, aunque el público del momento (o el actual, en muchos casos) no lo detectara. Sumo no fue Sumo sólo porque Luca haya sido carismático o le pusiera alma y vida y salud a la faena. Entre otros hitos, Sumo brilló musicalmente también gracias a todo lo que Prodan había escuchado y, más aún, entendido durante su iniciación rockera transatlántica.

    El reggae es un buen comienzo para apreciar este punto. La música jamaiquina apenas había latido en Buenos Aires cuando el italiano, que la había conocido bien durante su estada en Londres, aterrizaba en Argentina. Combinado, como se dijo, con muchas otras influencias, el reggae y también algo de ska, su antecesor histórico, serían una parte esencial del primer Sumo. Aunque canciones como “Kaya”, “Reggae de paz y amor” y “Regtest” eran en verdad de la Hurlingham Reggae Band, proyecto paralelo de explícita filiación, con prácticamente los mismos integrantes de Sumo (Mollo, Arnedo, Súperman Troglio, Pettinato), más el guitarrista Tito Fargo.

    La Hurlingham tuvo vida propia sólo entre 1982 y 1984, sin legar ningún disco “oficial”, aunque sí algunos registros informales que todavía dan vueltas por ahí, virtualmente. En uno de ellos, tomado en directo aparentemente en 1983, se despachan con un fino popurrí del rey del calipso Harry Belafonte, revisando clásicos como “Matilda”, “Jamaica Farewell” y “Coconut Woman”.

    La comunidad jamaiquina en Inglaterra es numerosa. Luca vivió in situ el ascenso del reggae británico, contemporáneo al punk, a fines de los setenta. El italiano, que solía portar una remera con el tópico “Jamaica no problem”, les prestaba atención a los rastas. Se dejaba llevar por sus tambores y líneas de bajo, pero desconfiaba de la doctrina. “White Trash”, quizás el más profundo track del semioficial disco “Corpiños en la madrugada”, lo cuenta bien. Arranca como una triste canción folk y se transforma en un rápido ska para decirles a los negros que los blancos también sufren. Dice: “Escucho a mis hermanos negros contarme cómo los han oprimido de todas las maneras posibles. ¿No sabés, rasta, que a nosotros nos han tratado exactamente igual?” Luca se lo explicó a Pettinato, en su rol de periodista, para la revista Le Cirque: “(en “White Trash”), puse a los negros que siempre se quejan de la ciudad, de cómo los tratan y todo eso y quieren volver a Africa, a Etiopía, que en ese momento estaba en crisis, con gente muriendo en la calle por la falta de lluvias. Por un lado, había mil personas muriéndose en Etiopía y por el otro estaban los tipos reggae de Jamaica, ignorantes, queriendo volver a Etiopía. Entonces me rayé un poco con ellos”.

    Sumo (mención especial para la milagrosa base Troglio-Arnedo) no sólo fue pionero en tocar reggae en Argentina sino que se mantendría como su más consistente ejecutante durante por los menos veinte años; casi nada. Sólo dos décadas después de aquel estallido desde el océano, otros músicos argentinos, casi invariablemente inspirados en algún punto por Sumo, mostrarían haber captado la onda de rockers, one drops, lovers y demás yerbas a la Kingston. Pero hay que detenerse en otra peculiaridad: sucede que estos otros músicos de bandas de reggae se “especializaron” a fondo en la materia. Para Luca, en cambio, el componente jamaiquino era una frecuencia más entre el policromático ruido. Así y todo, le sobraba para correr con ventaja. Sólo un ejemplo del riquísimo aporte, en lo estrictamente musical, de un juglar postpunk que (el colmo del adelantado) llegó incluso un rato antes que el punk a la Argentina.