Hace una semana me mudé de casa. Después de tres o cuatro años en el céntrico Montserrat, donde ni los vecinos se ponen de acuerdo en cómo se escribe el nombre de su barrio, pasé al periférico Saavedra, un perfecto misterio para mi. No conocía a nadie que viviera en Saavedra, salvo a un amigo que llegó el barrio hace pocos meses, y que de todos modos está en otra zona, un poco lejana a la mía. No recuerdo haber ido nunca a Saavedra para nada. Creo que no sabía más de Saavedra que el hecho de que es un barrio tranquilo, de arquitectura baja, de clase media trabajadora y muchos jubilados, que reinvindica a (club de fútbol) Platense y al (cantante de tango) Goyeneche (digo, para los extranjeros).
Y así llegué a Saavedra, sin saber demasiado qué esperar.
Bueno, una cosa sabía bien: que Saavedra queda en exactamente en el extremo opuesto de donde se encuentra mi lugar de trabajo diario. Es decir que debería cambiar mis periódicas caminatas de tres kilómetros, entre ida y vuelta, por viajes en transporte público.
El tren fue una de las primeras sorpresas que me esperaban en Saavedra. Pocas veces había tomado un tren en Buenos Aires. Sie
mpre caminé mucho o tomé colectivos o, sobre todo, subtes. Pero tren, poco y nada. Tenía sí el concepto que tienen la mayoría de los argentinos que miraron alguna vez en su vida un noticiero: que los trenes en este país son casi una enfermedad, que tener que tomarlos todos los días es como un castigo.
Para ir de Saavedra a Retiro, tocaba tomar el tren línea Mitre. El primer día fue interesante. Uno se siente un poco turista cuando toma por primera vez, o casi, un medio de transporte un x lugar a y destino. Fui a sacar mi boleto en la estación (Luis María, no Cornelio) Saavedra, pero la boletería era una ventanita mínima con un vidrio espejado. No se veía si había alguien detrás. A riesgo de estar hablando solo, pedí "uno a Retiro", y pasé una moneda de un peso por debajo del espejo. Pasaron unos segundos de nada hasta que alguien (o algo!) me pasó de igual manera los 20 centavos de vuelto (80 centavos el boleto!!). Desde entonces, todos los días repito la misma operación, sin jamás ver quién está del otro lado. Habrá más de un a persona? Será la o los mismos todos los días? Se estarán riendo? Me estarán mostrando, sin que lo vea, un dedo mayor en alto? En fin...
La otra sorpresa fue la puntualidad del tren. Una puntualidad casi conmovedora. Además, el horario está anunciado y es previsible. El tren está aceptablemente limpio y es relativamente cómodo. Y a la hora que lo tomo viene escasamente poblado por algunos trabajadores y varios escolares, con muchos asientos vacíos. Nadie parece a punto de prender fuego a los vagones...
Claro, este es un tren "rico". Aunque "mi" estación es de un barrio de clase media, con zonas de clase media apenas baja, el tren después pasa por barrios mejor parados económica y socialmente: Coghlan, Belgrano R, Colegiales, Palermo y Retiro, la mayoría con unas coquetas o por lo menos pint
orescas estaciones que mantienen bien su arquitectura inglesa.
De mis pocas experiencias ferroviarias en el país, hasta ahora, la mayoría había transitado por los rieles que llevan a San Miguel. Es decir... otra onda.
El viaje en total es de 25 minutos. Quizás incluso algunos segundos menos. Lo cual está muy bien. Y ha traído un beneficio colateral medio inesperado: me permitió volver a leer literatura regularmente. Caminar puede ser muy saludable, manejar puede ser muy cómodo, pero ninguna de las dos cosas te deja leer a Vonnegut. Viajar en tren todos los días te obliga a buscar la forma de matar el tiempo. Aunque viajes parado. En mi caso, así lo quiso el destino. Y tengo la prueba. Como sabía que lo necesitaría, el primer día puse en el bolso una copia de "Desayuno de campeones", de Vonnegut, justamente. Pero el segundo día, no sé cómo, perdí el libro. El viaje de vuelta, esa noche, se me hizo más largo. Sin embrago, curiosamente, encontré en casa... otra edición de "Breakfast of champions"! No creo que tenga dos copias de ningún otro libro en casa. Pero justo de este sí.
Conclusión de día: viajar en transporte público fortalece la cultura de los pueblos.
Cada tanto, igual, está bien levantar la mirada del libro. En el tren, la fauna de personajes y situaciones, creo notar en poco tiempo, es más interesante que en colectivos y subtes. El viernes pasado, por ejemplo, en mi vagón subió un tipo que cantaba, tocando la guitarra, una versión de la Marcha peronista con la letra de Bésame mucho. Hoy, en cambio, apareció un tipo pidiendo una moneda para viajar en bondi e ir a buscar trabajo. Una mujer delante mío le dio un billete de diez pesos. El hombre casi se larga a llorar justo cuando el tren entraba en las fauces de la monstruosa Retiro.