Malvinas oct. 06

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Malvinas oct. 06

Fotos de D.F.

Puerto Stanley soleado y colorido no es lo primero que uno imagina cuando piensa en las Malvinas. Pero ese es el pueblo con el que se encuentra el Nordnorge el domingo. El clima extraordinariamente benévolo (después de un duro invierno sin primavera) pone de estupendo humor a los kelpers. No hay mucho tiempo, pero lo primero será conocer a pie, muy superficialmente, la capital: el museo, las iglesias, el memorial a los 250 caídos ingleses en 1982 (el de los 750 argentinos está fuera del pueblo)… También los pubs (como el famoso The Globe; Guinness a tres dólares) y hasta el supermercado de la omnipresente Falkland Islands Company (FIC, en logo celeste y blanco), repleto de mercadería británica, incluyendo discos de Madnees y Terry Hall (y un solitario producto argentino: Catena Chardonnay, a 13 libras).
Al mediodía partimos hacia Long Island, que no es una isla sino una granja o más bien una estancia una hora al norte de Stanley. Neil y Glenda Watson, los kelpers anfitriones, viven aislados en esta isla, geográfica y culturalmente. Todavía usan su cocina-estufa a turba, crían ovejas junto al mar con la ayuda de tres perros ovejeros, e hijos y nietos.En el camino de vuelta, Sharon, sexta generación kelper, nos muestra diferentes sitios donde se atrincheraron militares argentinos e ingleses, donde se produjeron batallas y los restos de un helicóptero Puma argentino destruido en tierra y ahora cubierto de mensajes del tipo “David estuvo aquí” y “Tina ama a Taylor”.
A los dos lados de la ruta hay sectores alambrados y cada tantos metros se ven unos cartelitos colorados. De cerca, se lee: “Peligro. Minas”. “De la guerra nos quedaron más de cien campos minados –dice Sharon-. Yo tengo uno detrás del jardín de casa… No existen registros completos de dónde están las minas así que es muy difícil desactivarlas. De todos modos, aunque no es lo ideal, tampoco nos complican mucho la vida”. Entrar en un campo minado, aunque suene insólito, es un delito. “Cuesta creerlo, pero hay gente estúpida que cree que esto es un juego, así que hubo que tomar medidas y poner multas”, explica Sharon, que no intenta ser políticamente correcta con los argentinos, supuestamente responsables de estas tierras explosivas y vedadas: “A veces nos preguntan cómo podemos vivir tan aislados del mundo, pero la verdad es que nosotros desearíamos estar aún más lejos de nuestros vecinos…”
De regreso en Stanley, sólo queda esperar en el centro de información turística y gift shop el micro para volver al Nordnorge. Cosas de la idiosincrasia turística, es la oportunidad de comprar por un par de libras unos de esos carteles de los campos minados, que los isleños han transformado en simpáticos souvenirs.